martes, 30 de septiembre de 2008

Mujeres con pasado y hombres de porvenir


Al otro lado de la verja de madera roída, más allá de los frondosos bosques, a media hora a pie desde la aldea, se abría el oceano y de ahí la nada. Algunos marineros intrépidos, aseguraban a cualquiera que quisiera invitar al último trago en la taberna, que hacia el final de las olas, donde la espuma acababa, se encontraba una cascada cuya agua nunca dejaba de caer en vertical hacia la infinita oscuridad.
Era tradición nunca estipulada, que los habitantes de la aldea se acercaran en solitario y de forma ceremonial, a tirar allí los objetos que no querían volver a ver. Normalmente se trataba de retratos de amantes de tiempos pasados o cartas estructuradas en forma de rimas de deseo juvenil, pero también abundaban los secretos escabrosos, algunos con determinada forma.
Los habitantes de la aldea creían, que una vez desaparecidos los objetos, el dolor infringido mitigaba.


Queridos,

No estoy muy autobiográfica. Creo que es debido al aumento de la temperatura de mi cuerpo y a las placas que se están formando en mi garganta.

Y es que Suiza es fría. Demonios!, es helada!

Espero que os agrade mi microrelato sin principio, nudo ni final.

1 comentario:

Rafäel dijo...

Me agrada y me gustaría para contar otra historia que naciera de él. ¿Podría ser no?