jueves, 11 de mayo de 2017

11.5.17

El amor post-moderno

Yo. Quiero llenar a medias el lavavajillas
Pagar el 50% de alquiler
Ver las series al mismo ritmo
Y no mentirnos jamás.
Nunca me adelantaré un episodio
Porque nadie merece tanto desprecio
Quiero a alguien a quien llamar en los atascos
Con quien pasar las vacaciones sin necesidad de recurrir a un crucero de solteros
Poder desgravarme por nacimiento de un hijo
Fruto del amor post-moderno




lunes, 24 de abril de 2017

De circunstancias opuestas y una canción.

La semana pasada se murió sin avisar.
 - Me encuentro un poco mal - Le dijo a su padre - Creo que me acostaré pronto.
Me llamaron el martes. 
- Tengo que darte una mala noticia
Tenía 36 años y 70 condensados de bondad

Una noche, con el fuego bien alto, copa de vino en mano
Decidimos quemar arte
Y ardió. Ardió en la chimenea el lienzo 
Y con ello sus demonios

Yo me alegré, por haberle sido útil
Aunque fuera por quemar un insulto
Y sacarle una sonrisa.



Hoy miré el cielo de la Plaza de Oriente.
cuatro años en Madrid, para encontrarme
Creo que ya estoy
En el camino correcto.

Hasta siempre, amigo.
Hola, nueva vida.

lunes, 27 de marzo de 2017

I can´t sing

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.
Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.
Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
—Jaime Gil de Biedma, “No volveré a ser joven”.


Somos el tiempo que nos queda

Ligeramente tumefacta
pero ofrecida con codicia,
llegó la boca hasta el lindero
de la precaria intimidad.
Iban reptando las parejas
que se apiñaban en lo oscuro:
no se miraban, se sumían
en un compendio de sudores,
se convertían en secuaces
de la penumbra suspensiva.
Como un furtivo postulado
brilló el mechero de los cómplices.

No te preocupes no me he ido,
¿cómo iba a irme sin saber?
Somos el tiempo que nos queda
.

Y ya los cuerpos se anudaban
bajo la oscura marquesina,
sin decidir con qué argumentos
recobrarían su ansiedad.
Era una esquirla el clarinete,
un estertor de la armonía.

Toda la noche resonando
como una sábana en tus pechos,
toda la noche entre emboscadas
buscando llaves que no abrían
.

Chorros de gritos tan vehementes
que entrechocan con los vasos 
iban tiñendo de lujuria
los cortinajes y butacas.
Entre el estruendo de los rótulos
unas caderas rebullían
como impulsadas por la piel
incandescente del tambor.

Mira qué prendas, qué proclamas
de irremediable soledad.
Habla más alto, no se escucha
más que el furor de los licores.
Todo está lleno de luciérnagas
y de insufribles fumarolas,
todo parece confiscado 
por los que nunca saben nada
.

Pero la boca ya ofrecía
sus rezumantes terciopelos,
boca promiscua, saturada
de zumos ávidos y esguinces.
Está invadida de jadeos,
no se parece a las demás.
No se parece, no es mentira.

Pisando vidrios, esgrimiendo
restos de yerbas y de músicas,
llegaron nuevas avalanchas
de adormilados oficiantes.
Era la hora del suicidio
y algunos miembros de la secta
se desnudaron en la sala
con voluptuosa dejadez.

¿Cómo evitar el simulacro,
cómo vivir sin desvivirnos?
Surcan los días por tu vientre.
Somos el tiempo que nos queda.





De: José Manuel Caballero Bonald
Antología Personal