El personaje de la serie de 2018, The Terror, John Bridgens. Primero asistente del comisario de a bordo, luego bibliotecario de barco y finalmente, médico en tierra yerma, le dirá tres frases a James Fitzjames, antiguo capitán del HMS Erebus y en ese momento, solo un saco de huesos. Es 1848 y Fitzjames, está envenenado por el plomo que contienen las latas, de las que la tripulación de la expedición perdida de Franklin, 129 almas, se ha estado alimentando desde el comienzo de su travesía. A los cuerpos de todos esos hombres, que partieron para la gloria y con la meta de encontrar el Paso del Noroeste en 1845, se les abren las cicatrices antiguas y supuran, llenas de pus. Fitzjames está a punto de morir. Es consciente de ello, por lo que hace dos peticiones: La primera es que le ahorren el sufrimiento y la segunda que utilicen su cuerpo para alimentarse. Es entonces, cuando Bridgens, sabiendo lo que va a ocurrir a continuación, se despide de él diciendo: It´s been an honor serving you, sir. You are a good man. There will be poems.
Las nubes parecen colinas blancas desde el avión. Comienza a atardecer. Colores rojizos se difuminan sobre el horizonte. Siempre pensé que así debía ser el círculo polar ártico: Una vasta extensión blanca y vacía.
Aquella a la que un hombre hecho de trozos de otros hombres se exilió para separarse de toda traza de vida humana. Esa criatura, demonio, engendro, descrito por una joven Mary Shelley a orillas del lago Leman, en una competición de historias terroríficas, durante un verano oscuro.
Ahora que vuelo sobre estas islas blancas, cada vez más lejos del Círculo Polar Ártico, recuerdo como llegué. Cargada con el imaginario creado a partir de libros y películas. Las expediciones de barcos del siglo XIX, cuando el hombre todavía lo podía todo. Cuando más allá del hielo, sólo había dragones.
Será que soy hija de mi tiempo y vuelvo con esa idea de proteger de todos esa inmensidad de tierras, incluso de mí. Yo soy parte de ese "todos"
La naturaleza en el norte, (tan al norte, en Noruega, que está a la altura de Groenlandia, el territorio de Alaska y muy por encima de Islandia), es una navaja que abre el canal de todo lo que uno pueda tener de espiritual y al mismo tiempo, es de una crueldad sin remordimientos.
El hielo es eterno, no olvida, como no olvidan sus animales: el reno, el oso polar, el lobo, el frailecillo atlántico. Se funden en un todo con la tierra y con aquellos que vinieron a habitarla hace más de 10.000 años.
Los sami con sus más de 30 dialectos y que viven en Sápmi, que no entiende de fronteras, porque ese territorio entiende de otras: De Rusia a Finlandia y de Suecia a Noruega. Ellos son, sus más antiguos habitantes.
Son pastores de renos, seminómadas en busca de pastos verdes en la costa durante los veranos y de los inviernos tierra adentro. Otros pescan, otros cazan. La vida allí, sólo entiende de supervivencia. Es tal la violencia de ésta, que surgieron trolls terribles, que intercambiaban a los niños que no estaban preparados para la vida en esas condiciones. Entiendo que esa debe de ser la única manera de acabar con un hijo: Pensar que no es de uno.
Los sami entienden que el mundo que nosotros llamamos civilizado tiene sus ventajas: es más fácil pulsar un interruptor que encender un fuego en un goahti. La desventaja ha tenido precios altos, la forzosa reconversión a la religión protestante de los noruegos, la prohibición de su identidad, sus lenguas, sus tradiciones.
Los sami hablan despacio y se mueven despacio. Ahora erguidos, ahora orgullosos con sus chaquetas coloridas llenas de bordados que forman patrones, sus gorros de piel de foca e interior de lana y sus botas que terminan en punta hacia arriba. No sin esfuerzo lucharon por todos esos derechos a finales del siglo pasado. Esos derechos que nunca debieron perder.
Me imagino a aquellos primeros samis de hace miles de años, asustados de aquellas luces verdes, moradas, a veces rosas. Que bailan en el cielo nocturno y despejado. Eran esas luces cambiantes los puentes hacia sus ancestros. No sabían si estar demasiado tiempo mirándolas, provocaría que también se los llevaran a ellos. Se escondían entonces, con miedo disfrazado de respeto.
¿Y aquellos inmigrantes recién llegados a Laponia desde Asia Central, hace más de 5.000 años? Deslumbrados con las mismas luces y explicándose unos a otros, como claramente esas luces solo podían ser el reflejo de las espadas de las valkirias que acompañan a los guerreros en su camino al Valhala.
Esos bárbaros vikingos que terminarían por convertirse a la religión del dios único, dejando atrás Thor, Heidam o Loki. Al haber olvidado ellos mismos sus orígenes, supongo que no entendieron lo que suponía para los samis el perder los suyos. Veo a un chaman, orgulloso, arrodillarse ante una cruz, perdiendo su poder de golpe y con ello, su dignidad.
Hay una conexión de estas gentes a la naturaleza en la que no parece haber pasado, ni futuro, sino solo dos mundos: el real y el mágico. Cantan los Jokjs para establecer comunicación con aquellos que se han ido, pero no desaparecido. Sólo han cambiado de plano de realidad. Viven ahora en el mundo mágico.
Y es esa la naturaleza del mar salpicado de islas que es el noroeste de Noruega y la puerta del Ártico. Pareciese que el tiempo se haya detenido, como se congeló en los cuerpos de los que no supieron o pudieron sobrevivir y que seguirán todavía como dormidos, incorruptos en un presente eterno.
Todo es silencio, silencio blanco. A través de sus suaves colinas, sus casas de madera o chapa, sus montañas nevadas y esos cielos que dejan que veamos ese fenómeno único. Esas luces de colores, que te hacen preguntarte el por qué de esto, de nosotros. Cuesta creer que no haya un Dios que las haya orquestado. No puede ser solo fruto de la casualidad y aleatoriedad de unas ondas electromagnéticas convirtiéndose en fotones.
Ahora ya me quedan lejanas. Se van difuminando las imágenes como se perdía el monstruo del doctor Frankenstein en la inmensidad helada. Ahora solo veo nubes dibujadas desde el avión, que vuela sobre una vasta extensión blanca, ya no de tierras polares, sino de nubes. El atardecer ya avanzado y extendiéndose a lo largo del horizonte, el color rosáceo del Cinturón de Venus. There will be poems, pienso.