sábado, 22 de febrero de 2025

El núcleo de la belleza


 "Nadie es más esclavo que quien falsamente cree ser libre"

Goethe




La película el Brutalista, comienza con un plano invertido de la estatua de la libertad, como una metáfora de la vida que Lázló Toth llevará en América. Lázló quiere trascender todos los tiempos a través de su obra, quizás para convertir el campo de Wuchenwald en un recuerdo diluido e insignificante de la historia de la civilización. Parece querer constatar, que la humanidad es más que sus errores. Es lo único que puede salvar a un superviviente del holocausto: esa pulsión por vivir. 

En el estado americano de Pensilvania, anunciado como dechado de virtudes de los tiempos modernos a mediados del s.XX, Lázló edificará el Instituto Van. A través de unos corredores secretos, entre unas celdas estrechas de las mismas dimensiones que las de Dachau y Wuchenwald, Lázló y su mujer, conectan sus experiencias para no separarse jamás

Toda la estructura del Instituto Van tiene sentido por ese núcleo en el que se proyecta una cruz. Ese núcleo que le sostiene: su mujer y su sobrina, la única familia que le queda. Construir un núcleo inamovible de belleza rodeado de hormigón, así como, la belleza de la comunidad estaba rodeada del horror del holocausto. 

Las estancias-celdas, son estrechas pero altas. Sus paredes tienen veinte metros hasta la luz que pasa a través de las vidrieras del techo.  La luz como símbolo de libertad de pensamiento y de identidad. 



Pero todo el conjunto arquitectónico, es una ilusión. La estructura, está coronada por una cruz que proyecta su reverso, que no tiene materia. Es una proyección, como lo es el miedo y el rechazo de los americanos a lo que un día fueron. Como lo es la antítesis de Erebét, ese hombre hecho a si mismo que es Harrison Lee Van Buren. 

Esa luz que proyecta la cruz no tiene materia, como la identidad difusa que le deja a Lázló tener que volver a reinventarse en un nuevo país que no le quiere y al mismo tiempo, le desea. 

No tiene materia, como la forma de los sueños cada vez que se inyecta morfina, primero para el dolor, más tarde para el olvido. 

No tiene materia, como la vergüenza de Lázló al ser violado por el sueño americano.

Cuando por fin se ven, después de su separación forzosa, Erebét le dice que ella ha estado con él todo ese tiempo. Ha estado con él a través de todas las mujeres con las que se ha acostado Lázló. Están pues, conectados. Trascienden al tiempo, el espacio y la materia.




El director de El Brutalista Brady Corbet, tiene treinta y seis años. Desde que empezó como niño actor a los once, ha trabajado con directores como Haneke (Funny Games 2008) o Lars Von trier, (Melancholia 2011). Quizás ha aprendido Corbet de ellos lo que es no ser querido y deseado al mismo tiempo. Quizás, de ellos ha aprendido que la libertad tiene un precio y quizás está de acuerdo con Goethe en que Quienes más libres se creen, son quienes más lejos están de la libertad.


 



jueves, 13 de febrero de 2025

Más al norte ya no queda nada.

El personaje de la serie de 2018, The Terror, John Bridgens. Primero asistente del comisario de a bordo, luego bibliotecario de barco y finalmente, médico en tierra yerma, le dirá tres frases a James Fitzjames, antiguo capitán del HMS Erebus y en ese momento, solo un saco de huesos. Es 1848 y Fitzjames, está envenenado por el plomo que contienen las latas, de las que la tripulación de la expedición perdida de Franklin, 129 almas, se ha estado alimentando desde el comienzo de su travesía. A los cuerpos de todos esos hombres, que partieron para la gloria y con la meta de encontrar el Paso del Noroeste en 1845, se les abren las cicatrices antiguas y supuran, llenas de pus. Fitzjames está a punto de morir. Es consciente de ello, por lo que hace dos peticiones: La primera es que le ahorren el sufrimiento y la segunda que utilicen su cuerpo para alimentarse. Es entonces, cuando Bridgens, sabiendo lo que va a ocurrir a continuación, se despide de él diciendo: It´s been an honor serving you, sir. You are a good man. There will be poems. 

Las nubes parecen colinas blancas desde el avión. Comienza a atardecer. Colores rojizos se difuminan sobre el horizonte. Siempre pensé que así debía ser el círculo polar ártico: Una vasta extensión blanca y vacía.

Aquella a la que un hombre hecho de trozos de otros hombres se exilió para separarse de toda traza de vida humana. Esa criatura, demonio, engendro, descrito por una joven Mary Shelley a orillas del lago Leman, en una competición de historias terroríficas, durante un verano oscuro.

Ahora que vuelo sobre estas islas blancas, cada vez más lejos del Círculo Polar Ártico, recuerdo como llegué. Cargada con el imaginario creado a partir de libros y películas. Las expediciones de barcos del siglo XIX, cuando el hombre todavía lo podía todo. Cuando más allá del hielo, sólo había dragones.


Será que soy hija de mi tiempo y vuelvo con esa idea de proteger de todos esa inmensidad de tierras, incluso de mí. Yo soy parte de ese "todos"

La naturaleza en el norte, (tan al norte, en Noruega, que está a la altura de Groenlandia, el territorio de Alaska y muy por encima de Islandia), es una navaja que abre el canal de todo lo que uno pueda tener de espiritual y al mismo tiempo, es de una crueldad sin remordimientos.

El hielo es eterno, no olvida, como no olvidan sus animales: el reno, el oso polar, el lobo, el frailecillo atlántico. Se funden en un todo con la tierra y con aquellos que vinieron a habitarla hace más de 10.000 años.

Los sami con sus más de 30 dialectos y que viven en Sápmi, que no entiende de fronteras, porque ese territorio entiende de otras: De Rusia a Finlandia y de Suecia a Noruega. Ellos son, sus más antiguos habitantes.



Son pastores de renos, seminómadas en busca de pastos verdes en la costa durante los veranos y de los inviernos tierra adentro. Otros pescan, otros cazan. La vida allí, sólo entiende de supervivencia. Es tal la violencia de ésta, que surgieron trolls terribles, que intercambiaban a los niños que no estaban preparados para la vida en esas condiciones. Entiendo que esa debe de ser la única manera de acabar con un hijo: Pensar que no es de uno.

Los sami entienden que el mundo que nosotros llamamos civilizado tiene sus ventajas: es más fácil pulsar un interruptor que encender un fuego en un goahti. La desventaja ha tenido precios altos, la forzosa reconversión a la religión protestante de los noruegos, la prohibición de su identidad, sus lenguas, sus tradiciones.

Los sami hablan despacio y se mueven despacio. Ahora erguidos, ahora orgullosos con sus chaquetas coloridas llenas de bordados que forman patrones, sus gorros de piel de foca e interior de lana y sus botas que terminan en punta hacia arriba. No sin esfuerzo lucharon por todos esos derechos a finales del siglo pasado. Esos derechos que nunca debieron perder.

Me imagino a aquellos primeros samis de hace miles de años, asustados de aquellas luces verdes, moradas, a veces rosas. Que bailan en el cielo nocturno y despejado. Eran esas luces cambiantes los puentes hacia sus ancestros. No sabían si estar demasiado tiempo mirándolas, provocaría que también se los llevaran a ellos. Se escondían entonces, con miedo disfrazado de respeto.

¿Y aquellos inmigrantes recién llegados a Laponia desde Asia Central, hace más de 5.000 años? Deslumbrados con las mismas luces y explicándose unos a otros, como claramente esas luces solo podían ser el reflejo de las espadas de las valkirias que acompañan a los guerreros en su camino al Valhala.

Esos bárbaros vikingos que terminarían por convertirse a la religión del dios único, dejando atrás Thor, Heidam o Loki. Al haber olvidado ellos mismos sus orígenes, supongo que no entendieron lo que suponía para los samis el perder los suyos. Veo a un chaman, orgulloso, arrodillarse ante una cruz, perdiendo su poder de golpe y con ello, su dignidad.

Hay una conexión de estas gentes a la naturaleza en la que no parece haber pasado, ni futuro, sino solo dos mundos: el real y el mágico. Cantan los Jokjs para establecer comunicación con aquellos que se han ido, pero no desaparecido. Sólo han cambiado de plano de realidad. Viven ahora en el mundo mágico.

Y es esa la naturaleza del mar salpicado de islas que es el noroeste de Noruega y la puerta del Ártico. Pareciese que el tiempo se haya detenido, como se congeló en los cuerpos de los que no supieron o pudieron sobrevivir y que seguirán todavía como dormidos, incorruptos en un presente eterno.

Todo es silencio, silencio blanco. A través de sus suaves colinas, sus casas de madera o chapa, sus montañas nevadas y esos cielos que dejan que veamos ese fenómeno único. Esas luces de colores, que te hacen preguntarte el por qué de esto, de nosotros. Cuesta creer que no haya un Dios que las haya orquestado. No puede ser solo fruto de la casualidad y aleatoriedad de unas ondas electromagnéticas convirtiéndose en fotones.

Ahora ya me quedan lejanas. Se van difuminando las imágenes como se perdía el monstruo del doctor Frankenstein en la inmensidad helada. Ahora solo veo nubes dibujadas desde el avión, que vuela sobre una vasta extensión blanca, ya no de tierras polares, sino de nubes.  El atardecer ya avanzado y extendiéndose a lo largo del horizonte, el color rosáceo del Cinturón de Venus. There will be poems, pienso.


sábado, 1 de febrero de 2025

Cápsula de tiempos


A enero de 2025, sigo en una cápsula del tiempo. Encontré algunos textos de hace unos años. No he querido tocarlos mucho, por dejarlos así: textos espontáneos, pensamientos escritos a la nada y como reflexiones sin ninguna intención. 



29 de junio 2018

Me levanto en una terraza infinita y puedo oler el café haciéndose en una cafetera italiana. 

Oigo las campanas resonar con las primeras luces. Me rodeo de belleza. La estética de los buenos abrazos, los silencios en los que te reflejas en los ojos del que te mira con expectativa. 

Estas, son etapas para vivir. Para vivir y no pensar que pasará mañana. Porque tengo la suficiente edad y experiencia para saber que este tiempo pasará y que vendrá otro que pueda darle la vuelta a esta felicidad.

Hablo de estar donde quieres estar.

Hablo de sentir la suficiente libertad para sentir que el momento es ahora

Hablo de leer poesía en alto porque así me sale. 

De aprender de lo que me rodea y empaparme de amistad, de amor, de noche y de vida. 

¿Y tú, bebes la ola o el mar? le pregunta Conchis a Nicholas en El Mago de John Fowles.

Yo el mar. El mar siempre. 


20 de junio de 2018

Colecciono recuerdos alfa.

Aquellos que llegaron a mi cama,

dejaron siempre algo tras de sí:

Una nota, una cejilla de guitarra,

una púa o ropa interior.


He pensado en crear un mausoleo

de amantes muertos.

Para visitarlo de tanto en tanto,

y corroborar que la carne,

fue carne y gozó,

de la intensidad

y la belleza


13 de julio 2018

Escucho el concierto de Sibelius. Concerto en D minor, mientras paseo desnuda por mi salón.

Huyendo del dolor y el calor. Leyendo el libro de Romain Gary "La vida ante sí"

Paseo por mi alfombra de esparto, que es aplastada sin piedad por una mesa de metacrilato con un cristal ahumado espantoso.

Huyo del calor y del dolor, del dolor físico que me atrapa y no me deja vivir. 

Aunque prefiero el dolor físico que el del corazón, sin lugar a dudas.

Porque el sol siempre vuelve a salir

(Y Zana es el sol..)

Y me acuerdo de aquellas olas de teatro del s. XIX que me ayudó a crear. 

Y el sol que me dibujó y que colgaba del techo del teatro

Y aquella caminata por La Coruña de dos a seis de la mañana

(una cana se posa en la mesa)

Deseo que aquel chico de diecinueve años siga a mi lado siempre.

Y hundirme en la cama de su torre viendo a las personas pequeñas, rodeada de cuadros

Y bailar la canción que será nuestra Omaha

La vida es hoy




viernes, 31 de enero de 2025

Ahora que de casi todo hace ya veinte años


“Esas cajitas de laca japonesa, encierran otra cajita, y esta otra, y luego otra más, cada una cincelada y ordenada como mejor el artista pudo, y la final, una última cajita… vacía. Pero así es el mundo y la vida… dentro de la carne está el hueso y dentro del hueso el tuétano; pero la novela humana no tiene tuétano (…) Todo eso son las cajitas, los ensueños.”

Miguel de Unamuno




Cuando cogí prestado aquel libro no sabía que era mío. Fue después de buscar algo para leer en una de las estanterías de la casa de mi hermana. Me interesaba Paul Auster, por sus juegos metanarrativos. Estoy escribiendo una novela que es una suerte de muñeca rusa y quería ver como lo hacía Auster. Así que al leer la sinopsis de La noche del Oráculo, no me lo pensé mucho. Se lo pedí prestado y me lo llevé a casa.

La novela de Auster, trata de un escritor, Orr, que empieza a escribir un relato en un cuaderno azul portugués. El ejemplar que empecé a leer, era de la quinta edición de febrero de 2005. Yo, abría el libro en enero de 2025 y al hacerlo, encontré mi nombre escrito con mi letra y la fecha en el que lo compré: Septiembre de 2005.

Me pareció curioso aunque no es un hecho aislado. Estoy acostumbrada a empezar a ver películas que descubro que ya he visto a la mitad, emocionarme con música que creo nueva y que luego encuentro en una lista que hice hace quince años y por supuesto, a releer libros que no recuerdo haber leído. Pero en este caso, me vino una bofetada de conciencia del paso del tiempo. Habían pasado veinte años. Veinte años desde que compré y leí aquel ejemplar. 

Empecé a leerlo con curiosidad, preguntándome si conseguiría acordarme de algo. A medida que avanzaba, nada me sonaba y ya en las primeras páginas empecé a ver frases subrayadas. Fue entonces cuando comprendí que esa persona que en 2005 subrayaba frases, ya no era yo. De todas las frases subrayadas por esa versión joven de mi misma, hubiera subrayado en 2025 una o ninguna. 

Pero empecé a valorar esas frases como lo que eran: una cápsula del tiempo escondida en un libro hace veinte años para mi versión del futuro. Recuerdo que de joven pensaba mucho en eso. ¿Cómo sería dentro de veinte años? Calculaba la edad que tendría en 2025 y me parecía ciencia ficción y ahora estaba allí, vivía en el futuro. 

Me di cuenta de mi ingenuidad y de mi claro deseo de amar y ser amada en aquellas frases marcadas con un lápiz que a saber donde acabaría. Me produjo una sensación de ternura, diría que casi maternal, encontrarme con aquella chica e imaginármela en una habitación cerca del Bernabéu, que había sido mía. Tumbada boca arriba con las piernas en alto apoyadas en el cabecero de la cama, inmersa en su lectura una tarde de septiembre. 

Empecé un dialogo que traspasaba el tiempo a través de las páginas que se mezclaban con la misma historia que en ellas estaban escritas y durante un tiempo, fui dos versiones de mi misma. Leía la novela a la vez, con veinte años de diferencia.

Lo curioso, es que fue en navidades cuando retomé por fin la novela que había empezado a escribir en 2021 y que tuve que dejar a finales del año siguiente. La había dejado por circunstancias varias que nada tenían que ver con su escritura. Si ayudó, que de las tres tramas que forman la novela, la tercera se me había atascado. En diciembre de 2024, con aquellas circunstancias que me alejaron de la novela, resueltas, había decidido volver a retomarla. 

Continué con la lectura de La noche del oráculo, que pensé que podría ayudarme con el juego metanarrativo que yo quería recuperar y empecé a vivir de nuevo, aunque sin recordarlo, la historia de Orr, de sus paseos por Brooklyn y su relación con su mujer Grace. Seguía encontrándome frases sueltas de mi versión pasada y continuaba descubriendo las dos historias que había allí: la de Orr y la mía propia. 

Me metí de lleno en el relato que escribe Orr en el cuaderno azul portugués, que es la del editor de éxito Nick Bowen, que al estar a punto de morir aplastado por una gárgola que se desprende de un edificio en Nueva York, decide abandonar su vida y guiarse sólo por la aleatoriedad de los acontecimientos, cogiendo un vuelo a Kansas y empezando una nueva vida.

Tenía esa sensación de querer terminar mis tareas para poder volver a la historia de Bowen, la de Orr y la mía propia. Así que no tardé demasiado en acercarme al final del libro. Me pasó, lo que pasa con esas historias que atrapan. Quería seguir viviendo en ella un tiempo más. 

Un mes antes, en diciembre, había tomado una decisión que consiguió que a principios de enero escribiese del tirón unas catorce páginas: Había decidido cambiar la tercera trama de la novela. Deseché todo lo escrito de ella para cambiarla por un relato en primera persona, en forma de carta, de la escritora que escribe la novela. Me parecía que el juego de metaficción podía ser una vuelta más de tuerca, parecido a lo que hace Ian McEwan en Expiación. La carta, se fechaba en diciembre de 2024 y ésta estaba dirigida a un amor de su juventud al que hace más de 15 años que no ha visto. En esa tercera parte, además de un juego narrativo, hay uno de autoficción. 

Por fin llegué al final de la historia de Orr y en la última página, la 257, leí la ultima frase subrayada: "me sentía feliz, más feliz de estar vivo de lo que me había sentido jamás. Era una felicidad que estaba más allá del consuelo, más allá del dolor, más allá de toda la fealdad y la belleza del mundo" Pensé que quizás aquella persona de 2005, en el fondo, si tenía algo que ver con la que la leía en 2025 y pasé a la siguiente página, como hago a veces, para confirmar que ese es el final y que ya no queda nada más por leer. Sólo una página en blanco. 

Mientras pasaba la hoja, me relamía como un gato pensando en todo lo que me quedaba por escribir. En que en breve volvería a mi propia historia y que aunque la novela de Auster se había acabado, me quedaba el placer de continuar la mía. En eso estaba cuando llegué a la última página, la que se supone que debe estar en blanco y mi sorpresa fue, que había media página escrita a lápiz. Pero aquella, no era mi letra. Era una carta fechada en 2006, por ese amor de juventud que me inspiró la tercera trama de mi novela en la que me daba las gracias por haberle dejado el libro de Auster. 

En esa última página, estaban todos: Orr, mi yo de 2005, Nick Bowen, ese amor de juventud, mi yo de 2025 y fue entonces, cuando mi novela se envolvió en una capa más de realidad. Como una muñeca rusa que se destapa y aparece otra más pequeña y otra más y otra más, hasta que ya no queda nada.





lunes, 30 de diciembre de 2024

La mejor de las peores ofertas

"...Me he quedado solo en la casa de los muertos

que sólo yo recuerdo".

Salvador Espriu


Acabo de terminar Casa en llamas de Dani de la Orden y me quedo fascinada y horrorizada con esas llamas que se lo comen todo. 

Como esa familia disfuncional, que en esa casa que arde, habitó -¿No son todas las familias disfuncionales? - me pregunto. Como se fagocitan los unos a los otros, como no dejan nunca de mirarse a si mismos y son incapaces de ver al otro, como hundirían la cabeza del otro para salir a respirar desde el fondo del mar.

Y es que somos todos así, personas rotas, esclavos de nuestra infancia. Un amasijo de incertidumbre, inseguridad, traumas y expectativas no cumplidas. Me sigue fascinando la idea de que somos capaces de lo mejor y de lo peor.

De que esta naturaleza nuestra hace que creemos obras de una delicadeza asombrosa, como Anora, como esta misma Casa en llamas, como Perfect Days, que escribamos libros como La Península de las casas vacías, el cielo de la selva o Las horas. 

Y sin embargo, somos capaces de empezar guerras, de robar al prójimo, de dejar que la soledad mate a los nuestros. De matar para sobrevivir y a veces, ni siquiera eso.

Y sin embargo, yo soy la primera en hacerlo. En vivir en mí, en pensar en mí, en defenderme de los otros y al mismo tiempo, los necesito tanto..



Jamás podremos construir una utopía, porque estamos condenados al inevitable fracaso y corrupción, pero ¿Cómo no intentarlo? Lo contrario es la muerte. Es, por tanto, nuestro deber fracasar una y otra vez con la ilusión de que tal vez, lleguemos a conseguirlo. Quizás el arte, la creación, sea algo que aunque no construya la utopía anhelada, nos la esboza. La creación nos ofrece la posibilidad de entendernos, nos consuela, nos mece y nos arropa como a los niños rotos que somos. 


martes, 3 de diciembre de 2024

El universo es un uróboro

Esta lúgubre manía de vivir

esta recóndita humorada de vivir

te arrastra Alejandra no lo niegues.

Alejandra Pizarnik



El universo es un uróboro.

Los egipcios lo sabían.

Sísifo lo sabía.

El pueblo judío lo sabe.

Y sin embargo la palabra es de una sonoridad cómica que al decir ¡uróboro! en voz alta, suena a chiste; a palabra inventada, incluso a trabalenguas.

Ahora yo sé, que soy un uróboro. 

La broma cósmica que es vivir sin avanzar, quedarse siempre a punto de, la maldición con sorna que es llegar tarde a la fiesta. 

La manía de estancarse que tienen mis pensamientos. 

Pensamientos circulares

Que no dejan de repetirse, repetirse, repetirse,

hasta crear una cadencia de sinfonía atonal.




Escribo como pinto. coloco las palabras como en un collage, las desordeno, las cambio de sitio y las vuelvo a juntar hasta que suenan a música. 

Todas las referencias se mezclan, para crear una obra nueva. Como el resultado de mezclar todos los colores, crea uno nuevo. El negro. El infinito circular, el ciclo eterno, el esfuerzo eterno, la lucha eterna, el esfuerzo inútil y nosotros, todos, devorando.


domingo, 1 de diciembre de 2024

La melodía de las auroras boreales.

Resulta que uno de los pasatiempos preferidos de Buñuel, Dalí y Lorca, era entrar a El Prado y hacerse pasar por guías, para comentar las obras a los turistas. Les decían que los grandes cuadros estaban llenos de personajes, por lo que "El jardín de las delicias" era una gran obra maestra, mientras que "La maja desnuda", no valía nada. "Hay un solo personaje". decían.

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La razón por la que los fusilamientos son al alba, es porque es un castigo más, añadido a la muerte: El ver como despunta el sol y que los fusilados mueran, sabiendo, que no van a vivir ese nuevo día.

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Yendo al baile (San Martino), Joseph Mallord William Turner, expuesto en 1846, Tate. 

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Decía Pitágoras que la armonía es la melodía producida por el movimiento de los planetas, que el oído humano no es capaz de escuchar


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En "El placer" la película de la segunda etapa francesa de Max Ophüls, tres cuentos de Guy de Maupassant se ordenan y estructuran para ofrecer un mensaje: La felicidad no es alegre

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En "La novia grulla" de CJ Hauser, un ensayo de autoficción, la autora escribe: "No lloro, aunque noto como me invade dentro la tristeza que llevamos en la sangre familiar, que me dice al oído que todo es inútil. (...) Que todo lo que ha ocurrido antes, a nuestra familia y nuestras amistades, incluso a nosotras, nos pese tanto y al mismo tiempo no nos proteja en absoluto de la estupidez y del dolor en el futuro. Que no sea en modo alguno una promesa de no volver a caer en los mismos errores"