“La vida real del mundo y del hombre puede describirse a través de unas cuantas tardes, a través de la luz de unas cuantas tardes, que son las tardes del mundo”
“Generamos pasado sin cesar. Somos fábricas de pasado. Máquinas vivientes de producir pasado , que si no. Comemos tiempo y generamos pasado”
Las tempestálidas Gueorgui Gospodínov
La memoria como tal, no existe. Es una ficción que nos contamos. Esa ficción acabará por convertirse en nostalgia.
La nostalgia puede ser peligrosa, nos lo dice Gospodinov en las Tempestálidas. Pero la nostalgia puede ser alegre. Lo importante es conservar las imágenes, los olores de las tardes y los días en que fuimos felices. Lo importante es no darle demasiada importancia a la vida y al mismo tiempo dársela toda. Somos dioses y al mismo tiempo no somos Nadie.
Como un Pantagruel yo pienso empacharme atesorando los recuerdos de este verano para narrármelos como si de una epopeya se tratase. Es cierto que el día del eclipse no me hizo pensar en la grandiosidad del universo pero si me hizo pensar en la grandiosidad de lo pequeño. Lo inmenso vino después.
Lo pequeño es que la tarde anterior, de manera algo espontánea mi hermana, mi sobrina y yo decidimos unirnos a mi hermano y su mujer en el mejor punto geográfico posible para ver el eclipse completo. Los tres hermanos juntos y junto a mis hermanos, sus hijos. La hija de mi hermana y la futura hija de mi hermano en el vientre de mi cuñada.
Lo pequeño fue que viajamos durante más de dos horas y media en un trayecto que duraba una y media. Nos paramos varias veces. No teníamos prisa porque sabíamos que lo importante es el viaje, no el destino. Así nos lo había contado Cavafis en Ítaca y tantos y tantos otros escritores que amamos y admiramos.
Lo pequeño fue que una vez en aquel descampado árido a más de cuarenta grados a la sombra, decidimos sin mucha ceremonia irnos a pasar unas horas a una piscina municipal a refrescarnos. En la piscina mi sobrina nadaba mientras unos chicos tocaban la guitarra y yo leía a la sombra de unos chopos la novela de Gospodínov.
Lo pequeño fue que a la vuelta, nos reímos del calor y de las personas que se colaban para ver el eclipse delante de nosotros. Nos embargaba una ligereza que recuerdo bien. Lo pequeño fue que nos dispusimos a verlo como si de una tarde cualquiera se tratase. Como si los eclipses sucedieran todos los días.
Lo pequeño es que iba haciendo pequeñas bromas contigo, único lector, en la distancia. Tú estabas en una azotea y yo en un descampado a medio camino de Aranda del Duero y fui consciente de mi suerte. (eso quizás pertenece más a lo inmenso, así que lo dejaré para más tarde)
Lo pequeño es que te hablé del concepto de ingenuidad lúcida, esto es, la capacidad lúcida de conservar el asombro. Lo decía Javier Gomá en una entrevista que escuchábamos en la radio del coche. También te dije que sonaba muy pijo hablando y me reí al escribirlo.
Lo pequeño fue que me sorprendió ver el eclipse total. Me pareció magia y hablamos, supongo que como todo el mundo, de lo que tuvo que ser ver un eclipse para un neandertal. Lo pequeño fue que estuvimos los minutos que duró esa oscuridad mirando el horizonte tranquilos y abrazados los unos a los otros y luego vimos el sol ponerse como un disco incompleto sobre la colina y acabamos echados, viendo las lágrimas de San Lorenzo atravesar el cielo hasta que vimos que las luces rojas de los coches en la carretera se fueron haciendo cada vez más lejanas las unas de las otras.
Entonces llegó lo inmenso.
Lo inmenso fue que leí a Gospodínov maravillándome de que alguien sea capaz de armar con una estructura formal tantas ideas universales (Inmensas y a la vez, ¡tan pequeñas!)
Lo inmenso fue qué pensé en la suerte que tengo cuando me dejas asomarme a esto que tú eres. Te imagino lleno de pasillos que nunca se acaban. Largas ventanas llenas de la luz de la tarde. Las favoritas de Gospodínov.
Lo inmenso es que supe que la tarde del eclipse fue perfecta, perfecta porque pareció pequeña, poco premeditada, vivida con ingenuidad. No le dábamos importancia pero en algún momento, quizás durante esos dos minutos de oscuridad, entendí la totalidad de este momento en mi memoria como la del eclipse de aquella tarde de aquel agosto en que todo estuvo bien.
Lo inmenso es que me fijé en lo pequeño para construir lo inmenso.
Lo inmenso es que he entendido que puedo expandir el tiempo.
Lo inmenso es que conozco el secreto de la felicidad.
Es convertir lo pequeño en eterno.
“Al fin, el cuaderno vio nacer otro apartado, quizás el más decisivo: aquel donde anotaba lo que de verdad le había ocurrido, a fin de distinguirlo de lo que había leído en los libros y de lo que él mismo había fabulado”
Las tempestálidas Gueorgui Gospodínov
Como cuando yo releo este cuaderno de bitácora que flota en el ciberespacio y me relamo como mi gato Napoleón una tarde de primavera en la ventana abierta de mi piso al que llamas Roma. Leo y ya no sé qué es real y que inventado. Qué ocurrió y que fue lo que exageré. Que omití, porque me hacía daño.
Quería terminar Las Tempestálidas pero en seguida pensaba que el párrafo que acababa de leer hablaba sobre el diario que empezó el narrador en el que no apuntaba las fechas y horas y de lo que se arrepentía. Por eso paraba cada rato. Porque la memoria es esquiva. Así que me apuntaba frases al momento para que no se dispersaran en la memoria como lo hacen los sueños.
Apunté por ejemplo las frases que ya he escrito arriba. Apunté también que toda la novela tiene ecos de Modiano y sus puntos de fuga. Es de alguna manera Bolañesca. Al mismo tiempo me recuerda a Papini y su Gog. Más tarde, cenando me dijiste que Gospodínov es un amante de El Quijote y muchas otras piezas encajaron.
Las Tempestálidas está llena de frases que son destellos sublimes que hablan de la memoria, la identidad y el tiempo.
Siempre el tiempo.
Y la memoria que recordemos, no existe.


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