viernes, 14 de agosto de 2026

Cronorrefugios

 “La vida real del mundo y del hombre puede describirse a través de unas cuantas tardes, a través de la luz de unas cuantas tardes, que son las tardes del mundo”

“Generamos pasado sin cesar. Somos fábricas de pasado. Máquinas vivientes de producir pasado , que si no. Comemos tiempo y generamos pasado”

Las tempestálidas Gueorgui Gospodínov





La memoria como tal, no existe. Es una ficción que nos contamos. Esa ficción acabará por convertirse en nostalgia. 

La nostalgia puede ser peligrosa, nos lo dice Gospodinov en las Tempestálidas. Pero la nostalgia puede ser alegre. Lo importante es conservar las imágenes, los olores de las tardes y los días en que fuimos felices. Lo importante es no darle demasiada importancia a la vida y al mismo tiempo dársela toda. Somos dioses y al mismo tiempo no somos Nadie.

Como un Pantagruel yo pienso empacharme atesorando los recuerdos de este verano para narrármelos como si de una epopeya se tratase. Es cierto que el día del eclipse no me hizo pensar en la grandiosidad del universo pero si me hizo pensar en la grandiosidad de lo pequeño. Lo inmenso vino después.

Lo pequeño es que la tarde anterior, de manera algo espontánea mi hermana, mi sobrina y yo decidimos unirnos a mi hermano y su mujer en el mejor punto geográfico posible para ver el eclipse completo. Los tres hermanos juntos y junto a mis hermanos, sus hijos. La hija de mi hermana y la futura hija de mi hermano en el vientre de mi cuñada.

Lo pequeño fue que viajamos durante más de dos horas y media en un trayecto que duraba una y media. Nos paramos varias veces. No teníamos prisa porque sabíamos que lo importante es el viaje, no el destino. Así nos lo había contado Cavafis en Ítaca y tantos y tantos otros escritores que amamos y admiramos.

Lo pequeño fue que una vez en aquel descampado árido a más de cuarenta grados a la sombra, decidimos sin mucha ceremonia irnos a pasar unas horas a una piscina municipal a refrescarnos. En la piscina mi sobrina nadaba mientras unos chicos tocaban la guitarra y yo leía a la sombra de unos chopos la novela de Gospodínov. 

Lo pequeño fue que a la vuelta, nos reímos del calor y de las personas que se colaban para ver el eclipse delante de nosotros. Nos embargaba una ligereza que recuerdo bien. Lo pequeño fue que nos dispusimos a verlo como si de una tarde cualquiera se tratase. Como si los eclipses sucedieran todos los días.

Lo pequeño es que iba haciendo pequeñas bromas contigo, único lector, en la distancia. Tú estabas en una azotea y yo en un descampado a medio camino de Aranda del Duero y fui consciente de mi suerte. (eso quizás pertenece más a lo inmenso, así que lo dejaré para más tarde)

Lo pequeño es que te hablé del concepto de ingenuidad lúcida, esto es, la capacidad lúcida de conservar el asombro. Lo decía Javier Gomá en una entrevista que escuchábamos en la radio del coche. También te dije que sonaba muy pijo hablando y me reí al escribirlo.

Lo pequeño fue que me sorprendió ver el eclipse total. Me pareció magia y hablamos, supongo que como todo el mundo, de lo que tuvo que ser ver un eclipse para un neandertal. Lo pequeño fue que estuvimos los minutos que duró esa oscuridad mirando el horizonte tranquilos y abrazados los unos a los otros y luego vimos el sol ponerse como un disco incompleto sobre la colina y acabamos echados, viendo las lágrimas de San Lorenzo atravesar el cielo hasta que vimos que las luces rojas de los coches en la carretera se fueron haciendo cada vez más lejanas las unas de las otras. 

Entonces llegó lo inmenso.

Lo inmenso fue que leí a Gospodínov maravillándome de que alguien sea capaz de armar con una estructura formal tantas ideas universales (Inmensas y a la vez, ¡tan pequeñas!) 

Lo inmenso fue qué pensé en la suerte que tengo cuando me dejas asomarme a esto que tú eres. Te imagino lleno de pasillos que nunca se acaban. Largas ventanas llenas de la luz de la tarde. Las favoritas de Gospodínov.

Lo inmenso es que supe que la tarde del eclipse fue perfecta, perfecta porque pareció pequeña, poco premeditada, vivida con ingenuidad. No le dábamos importancia pero en algún momento, quizás durante esos dos minutos de oscuridad, entendí la totalidad de este momento en mi memoria como la del eclipse de aquella tarde de aquel agosto en que todo estuvo bien. 

Lo inmenso es que me fijé en lo pequeño para construir lo inmenso. 

Lo inmenso es que he entendido que puedo expandir el tiempo. 

Lo inmenso es que conozco el secreto de la felicidad.

Es convertir lo pequeño en eterno.



“Al fin, el cuaderno vio nacer otro apartado, quizás el más decisivo: aquel donde anotaba lo que de verdad le había ocurrido, a fin de distinguirlo de lo que había leído en los libros y de lo que él mismo había fabulado”

Las tempestálidas Gueorgui Gospodínov


Como cuando yo releo este cuaderno de bitácora que flota en el ciberespacio y me relamo como mi gato Napoleón una tarde de primavera en la ventana abierta de mi piso al que llamas Roma. Leo y ya no sé qué es real y que inventado. Qué ocurrió y que fue lo que exageré. Que omití, porque me hacía daño.

Quería terminar Las Tempestálidas pero en seguida pensaba que el párrafo que acababa de leer hablaba sobre el diario que empezó el narrador en el que no apuntaba las fechas y horas y de lo que se arrepentía. Por eso paraba cada rato. Porque la memoria es esquiva. Así que me apuntaba frases al momento para que no se dispersaran en la memoria como lo hacen los sueños. 

Apunté por ejemplo las frases que ya he escrito arriba. Apunté también que toda la novela tiene ecos de Modiano y sus puntos de fuga. Es de alguna manera Bolañesca. Al mismo tiempo me recuerda a Papini y su Gog. Más tarde, cenando me dijiste que Gospodínov es un amante de El Quijote y muchas otras piezas encajaron.

Las Tempestálidas está llena de frases que son destellos sublimes que hablan de la memoria, la identidad y el tiempo. 

Siempre el tiempo.

Y la memoria que recordemos, no existe. 




martes, 4 de agosto de 2026

Los lánguidos días de verano.

"Nadie lo ha visto dos veces".
Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el ríoLászló Krasznahorkai

 



Lánguido. Resonancia. Molicie.

Son palabras que me remiten a pinturas prerrafaelistas. 

Conocí la obra de George Delatour esta primavera. ¡Es Balthusiano! 

Los bodegones de Sánchez Cotán un poco antes, con el amor.

Llegaron del futuro al presente que ya es pasado.

o quizá siempre estuvieron ahí,

sólo que yo era capaz de verlos.



Molicie. Lánguido. Resonancia

En el futuro mi novela tendrá 4.000 copias.

Y sus personajes 4.000 vidas.

4.000 realidades alternativas.

¿Qué forma tendrán los que fueron míos en cada persona que los lea?

Ya no lo serán.

Serán de otros. Otras versiones.



Resonancia. Lánguido. Molicie

Leo a Byung-Chul Han. También a László Krasznahorkai

Los dos piensan en círculos.

(Oriente)

Así empiezo a pensar yo: en círculos.

O en espiral

O siempre pensé así sólo que no lo sabía

El tiempo se contrae. 

El tiempo se dilata.




En los lánguidos días de verano el tiempo cambia de forma como cambian de forma mis frases.

Kafka nunca estuvo hecho para el mundo.

Japón se me aparece en sueños. Naito Rei. Yoshihiro Suda. Hiroshi Sugimoto

Sueño todo el tiempo. 

Con elementos que se transforman, ideas que estallan.

Apunto en cada libro que leo como llegó hasta mí y cuando empiezo a leerlo. Nunca sé si los terminaré. 

Recuerdo habitaciones llenas de bodhisattvas

Los sueños se me escapan por las mañanas, como la memoria.

se cuelan y desaparecen.

¿Si escribo en la primera página de 4.000 libros, tendré 4.000 versiones futuras?

¿Habré vivido 4.000 veces?



miércoles, 15 de julio de 2026

Albiziana

Acaciano

2. adj. Perteneciente o relativo a Acacio, Patriarca de Constantinopla; dícese del cisma iniciado por él en el año 482 y continuado por sus sucesores hasta el 519. Ú. t. c. s.

1786 Dicc. Terreros: Acacianos, herejes, discípulos de Acacio, que lo fue de Eutiques, que vivió en el siglo v. 1883 Dicc. Ecles. Perujo y Angulo I 124b: Provino el cisma acaciano porque los sucesores de aquél [Acacio de Constantinopla] no querían borrar de los dípticos el nombre de Acacio.

Albizia julibrissin Durazz

El nombre genérico proviene del Filippo d'Albizzi, naturalista florentino del siglo XVIII, que hacia 1740 llevó a Florencia el árbol proveniente de uno de sus viajes a Constantinopla.

El específico julibrissin proviene del vocablo Gul-i-Abrisham que significa "flor de seda".

Llamado comúnmente Acacia de Constantinopla, Albizia, Árbol de la seda, Parasol de la China, Acacia de Persia.

Árbol caducifolio de la familia Leguminosae. De floración larga. (de junio a septiembre) y originario de Asia, desde Irán hasta China y Japón. Puede alcanzar entre los 12 y los 14 m de altura; su porte es aparasolado. De hojas caducas, compuestas, varias veces pinnadas, con numerosos folíolos asimétricos. Produce un fruto en forma de vainas alargadas y muy comprimidas o aplanadas, de hasta 20 cm de longitud. Maduran en otoño y se mantienen durante mucho tiempo en el árbol. Sus flores se agrupan en inflorescencias más o menos globosas, carecen de pétalos y destacan por sus estambres largos y abundantes de color rosa, que le confieren un aspecto plumoso o sedoso



De todo lo que mi padre dice lo que me queda es: No ha querido cortar la rama de la acacia de Constantinopla que sobresale y casi cae en la piscina de su casa. Me explica que es porque sabe que ese árbol me gusta. Al ir a podarlo pensó que me alegraría ver su rama de albizias rosas. Olorosas. Albizias suspendidas sobre el agua turquesa. 

Una amiga me contó por teléfono que vive cansada. ¿Quién no vive cansado de los cuarenta a los cincuenta años? A esa edad, una mujer todavía suele tiene hijos pequeños y al mismo tiempo, la mayoría de los padres comienzan una fase de deterioro que les llevará inexorablemente a la dependencia. Mi amiga decía: "Es agotador, pero al final, el único momento en el que de verdad descanso es cuando estoy con mi madre. Ahí, es cuando dejo de cuidar y dejo que me cuiden". Aún cuidando a su madre, su madre la sigue cuidando a ella.



Hoy he leído sobre la intuición del infinito. Intuimos que "la vida es más que una sucesión de días" dice Valeria Luiselli en Principio, medio, fin. Explica como llegamos a vislumbrar en ciertos momentos de nuestra vida que el infinito existe pero nunca conseguimos verlo del todo. Como los sueños que intentamos atrapar al despertar y se nos escapan sin remedio y para siempre. 

Lo de que una mujer a sus cuarenta años está en el medio, (el principio son sus hijos y el fin sus padres), lo cuenta en el mismo libro Luiselli. Me pregunto si quizás por eso llevo toda la vida sintiéndome cansada. Si por eso quizás, mi hermana a veces duerme días enteros. Tiene una hija a la cuidar pero no una madre que la cuide.

Quizá pienso en todo esto porque leo Principio, medio, fin. Generaciones de mujeres. Bisabuela, abuela, madre e hija. Cadenas que en mi caso están rotas. Solo quedo yo. No está ya la bisabuela ni la abuela. La hija, fue y luego no fue.

Y pienso en Chronos. Ese mito griego que devora a sus hijos y que quizá no lo hace por poder, sino por miedo a dejar de ser. El tiempo corre siempre en nuestra contra, hacia nuestra decrepitud, hacia nuestra muerte. Quizá el hecho de matar el futuro no haga que el tiempo se pare pero elimina la prueba de su paso. 

¿Devoré yo a mi hija? Su recuerdo, puede. Quizá me queda, al menos con ello, olvidar por un momento que el tiempo pasa. Quizá, olvidarme también de que estoy cansada y entonces vislumbrar el infinito. Cuando el tiempo se para. El infinito casi dibujado, como en un sueño. Descubierto en una ficción o quizá en la rama de una acacia de Constantinopla repleta de albizias. Una rama que cae sobre el agua turquesa de la piscina de casa de mi padre.


lunes, 15 de junio de 2026

Flor de loto



Yo te explico, mi amor
que de mí a veces brotan flores de loto
y a veces sólo limo,
oscuro, pegajoso.

Y en ese barro,
toda yo me vuelvo vértigo.
El mundo se me escarpa
y se vuelve imposible,
irreal.

Un mundo que no para,
que me atrapa
en su saṃsāra

Entonces necesito el vacío.
Contemplar un jardín lleno de grava.
Grava blanca
Rastrillada en ondas y surcos,
salpicados de rocas.
Contemplar el silencio,
hasta que el agua fluya,
y que de ellas broten flores
y estanques,
y un bonsái de hojas de arce.

Un jardín,
si me quisieras
Un jardín seco,
si me entendieses
Un jardín húmedo,
yo te daría.
Lleno de surcos de agua límpida
Y hojas verdes y pétalos de colores

¿Lo entenderás, mi amor?
¿Entenderás que sólo del limo salen las flores?

martes, 2 de junio de 2026

No dañar. No ser dañado.


Hace calor en Madrid.

Un calor insoportable que atrapa.

Diástole:

Ser un caracol.

Un templo.

Sístole:

Corro,

corro,

corro.

No llego.

Entonces llega el Papa y los viajes y una casita que no me deja olvidar que,

somos todos esclavos.

Pisos en Idealista,

ventanas desconchadas,

Trolleys,

correos,

agendas.

Rebosantes,

Infinitas.

Ilusiones.

Sólo ilusiones:

¿Qué es una vida mejor?

Sueño con una casa blanca,

ontológica,

sinuosa,

Vivir en una escultura de Serra.

Diástole.

¿Pero sueño con una casa blanca?

Sístole.

O sólo sueño con estar suspendida,

Como el sargazo:

Flotar,

No tener destino,

ni sitio al que llegar.

Dejarme llevar,

por la marea.

Diástole:

Manos

Pies

Ojos

Nariz

Un rayo de sol que entra en primavera,

estando enamorada.

A veces el amor no es suficiente,

Para no sentir desasosiego.

Y sin embargo, 

solo eso queda

y eso es hoy:

El silencio

La sonrisa

El papel

El abrazo

Dejarse llevar,

como el sargazo.

Diástole.

No dañar.

No ser dañado.




martes, 26 de mayo de 2026

Somos Magnolias

Hoy hace dos meses,

que a veinte horas y media de aquel día,

nos encontramos en el expositor de cafés.

Explotaron entonces las estrellas

Y el agua brotó ligera,

como ligeros fuimos nosotros

Y se hizo la luz


Hoy hace dos meses

Y dos días antes de ese primero,

a las veintidós horas y quince minutos pasadas,

empezamos a escribirnos en serio.

En serio, como serias crecen las magnolias en sus copas

Como se escribían los amantes antes,

ahora a la velocidad de la luz.

Así pasan los días:

ahora.


Hoy hacen dos meses

Y pasado un día de ese,

de madrugada, nuestro primer beso.


Estamos rotos, mi amor.

Pero porque estamos rotos,

somos inmensos

Y porque somos inmensos ,

magnolias,

estrellas,

somos. 





lunes, 18 de mayo de 2026

Hacemos el amor en una cama de noventa


XXVI

Esto es lo primero
que yo aprendí:
el tiempo es el eco de un hacha
adentro de un bosque.

Philip Larkin



Hacemos el amor en una cama de noventa.

Yo soy Cleopatra

porque miras.

Porque miras

me vuelvo dorada.

Me enrosco en ti.

Soy Bastet.


Hacemos el amor en una cama de noventa.

En el libro de los muertos,

El corazón tiene que llegar a pluma:

No te daño

No me aprietas

No te salto

No me canso

No te dejo

No me pesas.


Hacemos el amor en una cama de noventa

La balanza se equilibra

Y en la sala de las dos verdades,

Ammit llora.

Es imposible poseernos.


Por eso hacemos el amor en una cama de noventa.

Por eso, amor.