domingo, 15 de febrero de 2026

Todo es un pastiche pero menudos pastiches son.


Cuando empecé a ir por primera vez a un taller de análisis de cine dudé antes de apuntarme. ¿Y si ver sus costuras iba a reducir el placer de la emoción que sentía al verlas? Me daba miedo ver las costuras a tantas historias que ya forman parte de mí. ¿Y si dejaba de conectar con las películas? Esas películas que me han emocionado. Las que me han definido.

El cine siempre me ha fascinado. Es buena parte de mi educación estética y ética. El cine es una puerta a universos a los que nunca podré acceder de otra manera. Viajas en el tiempo y te metes en la piel de desconocidos. Puedes vivir en países que nunca has visitado y sentir emociones que nunca experimentarás en la vida real.





Existen muchas formas de disfrutar de una película y esto no lo empecé a entender hasta que no empecé a asistir a un taller de escritura. La literatura y el cine son artefactos hechos de capas. 

Una primera capa: el contenido, la historia, el argumento.
Una segunda capa: el mensaje del autor.
Una tercera capa: el continente, la forma que envuelve a las dos anteriores. 

La literatura y el cine son lenguajes diferentes. Por eso una adaptación fiel de un libro, especialmente las novelas que tienen mucha narración interior, es complicado salir airoso en el intento. Porque el cine no se comunica igual que la literatura, el cine contiene imagen y por lo tanto todo es acción. ¿Cómo mostrar el discurso interior de un hombre de cuarenta y cinco años? Es complicado. Mi profesor dice que la voz en off en cine es resultado de un director perezoso. Si tienes que narrar lo que no puedes contar es que no has conseguido hacerlo. 

Pero es que además un director de cine también tiene una visión propia del mundo que quiere contar. Ese es el arte que merece la pena, el que te da una visión distinta. Adaptar una novela y cambiarla para que se adapte a tu visión del mundo no sólo es lícito sino que es aconsejable. La novela ya está escrita, su autor ya encapsuló su idea y la lanzó como se lanza una botella al océano para que sea encontrada días, meses, años después. ¿Para qué volver a hacer el mismo proceso cuando puedes crear una diferente, una que sea distinta? Por eso creo que las adaptaciones libres son más ricas que las adaptaciones literales. 





Saco tres conclusiones claras de lo dicho anteriormente: 

La primera es que una obra una vez ve la luz ya no pertenece a su autor, sino al mundo. Conectará de tal manera (si tiene la suerte de hacerlo) que redefinirá la historia a través de su mirada. 

La segunda completa a la primera conclusión y es que en ficción todo es lícito. En el momento en el que un lector abre un libro o un espectador entra en una sala oscura de cine está firmando un pacto con el autor: a partir de ahora creeré todo lo que me cuentes. 

La tercera es que nada es una idea original. Todo se reduce a dos palabras: El eros y el tánatos. Amor y muerte. Todo lo demás sobra. Desde la Odisea no se ha hecho nada nuevo. Todo es un pastiche. Un pastiche maravilloso y necesario.

El cine es quizás el artefacto cultural más complejo. Todas las disciplinas artísticas se unen para crear una obra. Aúna imagen, movimiento y forma. 



La respuesta a esa pregunta después de un año y medio de taller de cine me ha venido revelada como una epifanía con la película que vengo a comentar: La adaptación del libro escrito en 1847 por Emily Brontë, Cumbres borrascosas.

Adaptaciones de esta novela al cine hay muchas. Yo sólo he visto dos. La primera es la de Buñuel en su etapa mexicana de 1954 con Jorge Mistral como Heathcliff y Susan Hayward como Catherine y la segunda la de Peter Kosminsky de 1992 con Juliette Binoche y un magnético Ralph Fiennes.



Pues bien, mi forma de entender la adaptación que hace Fennell con Margot Robbie y Jacob Elordi, es mi preferida desde hoy. Ya lo empecé a sospechar a la media hora de metraje recorrido, pero seguía escéptica. No había conseguido conectar ni con Heathcliff ni con Catherine. «¿Por qué?», me preguntaba. Pero no fue hasta llegar al clímax que lo entendí. En ese clímax en el que he roto a llorar y no por lo que yo -Inocente de mí- pensé que sería. Al encenderse las luces de la sala ya sabía que esta sería mi favorita de todas las versiones. Por desmitificador. Porque no idolatra el clásico de Brontë haciendo una adaptación literal más innecesaria. Pero sobre todo, porque tiene voz propia. 

Emerald Fennell me empezó a llamar la atención antes de saber quién era. Vi una serie llamada Killing Eve que me hizo gracia. Pensé que qué serie más retorcidamente divertida. Sin más. Luego, justo después de terminar "Una joven prometedora" (2020) busqué quién había creado semejante joya y por primera vez leí su nombre: Emerald. Allí estaba su foto. Una chica joven, cándida, rubia, con cara de no haber roto un plato salvo por la comisura de un lado de su boca. Apuntaba algo hacia arriba, como queriendo decir «Parezco rubia, pero no».

Así que cuando me hablaron de ir a ver Cumbres borrascosas pensé que qué pereza ver la enésima adaptación literal de la novela. Igual que la historia es cíclica, la del cine también y parece que desde Hollywood se han propuesto realizar remakes de todas las películas taquilleras de los 90 empezando por Drácula. Hubiese estado bien que llevase subtítulo: de Emerald Fennell. No me lo hubiera pensado. Me pasó con Barbie (2023) de Greta Gerwig, en la que por cierto aparece Fennell haciendo de Midge, la mejor amiga de Barbie que por supuesto es interpretada por Margot Robbie. No podía ser de otra manera.

Así que cuando salió el plan de ver Cumbres miré la ficha de Filmaffinity y vi que la directora era la chica rubia de comisura subida en tono burlón. Pensé entonces que podría estar bien. Así que allí fui con dos amigas después de haber buscado butacas en más de tres cines. Todos estaban completos. No sabían quienes esperaban encontrarse la historia de Brontë que no encontrarían nada de ella.





A partir de aquí vienen spoilers. 

Todavía no sé como empieza La película. Estábamos intentando convencer a dos chicos, uno americano y otro español, que se habían sentado en nuestros asientos. Sigo sospechando que sin entrada. Me senté y fijé la mirada en la pantalla pasados unos minutos de empezar la película, cuando la pequeña Catherine aparece en pantalla. Su padre le está contando a la niña —todo ojos azules, todo pelo rubio—, que ha adoptado a un pobre diablo en las calles de Londres. Lo adopta porque le retan a hacerlo y como él no es menos que nadie, se lo trae a su casa y le dice a la niña que puede ser su mascota. La historia de Brontë aquí ya empieza a divergir con la versión de Fennell. Catherine no tiene ningún hermano y su dama de honor es una bastarda que hace las veces de su dama de compañía. Su padre es un ser cruel y no el alma recta y cariñosa del libro de Brontë. Mr. Earnshaw está contento porque está borracho. Catherine exclama entonces: "¡Una mascota!" "Le llamaré Heathcliff".

Empiezan entonces a aparecer muchos marcos desde los que se encuadran las imágenes: Ventanas desde las que se observa, habitaciones vistas desde el umbral de sus puertas y por fin esa especie de arco steampunk de piedra en la que se nos avisa. Fennell nos dice "Aquí no has venido a ver lo que querías, sino lo que yo quiero que veas. A partir de aquí todo es ficción dentro de la ficción". Todos los elementos que van apareciendo más tarde: la casa de muñecas, los cuartos de fantasía vistos desde fuera siempre lo recuerdan hasta el final. Ese primer arco de piedra es el principio del fin y la causa de la desgracia futura de la pareja. Será bajo el arco donde la acción interior en ambos avance. 

Así que una vez avisados, lo primero que hace la directora es cambiar a los protagonistas de la historia. No es Heathcliff ni lo es Catherine. Es Nelly. Nelly no es rubia ni de ojos azules y mucho menos ha sido concebida dentro del matrimonio. Sólo por sus ojos rasgados, diferentes a todos los demás, ya se adivina que es bastarda. La pequeña Nelly de cabello y ojos negros como el tizón tiene muy claro que es fruto de una injusticia. Ella se merece lo mismo que Catherine por nacimiento, incluso a Heathcliff. Se nos muestra en una de las primeras escenas, en un salón que es un cuadro de Vermeer. Una sirvienta le recuerda que ella no es tan diferente a los criados de la casa. Entonces Nelly tira el vaso de latón con un movimiento rápido y vuelve su atención de nuevo al libro que tiene en el regazo. Ese gesto impersonal, le basta para que la sirvienta recuerde dónde está su lugar. Puede que Nelly no esté a la altura de Catherine según los demás, pero tampoco a la de una sirvienta. 


No es es Nelly a la que vemos en el salto de esta familia disfuncional en el tiempo. Nelly siempre está y estará en la sombra, acechando para reparar la injustica cósmica de su condición. La edad adulta aparece en la transición de herida a cicatriz en la espalda de Heathcliff. Justo después de las heridas sangrantes del niño. Justo antes de que se asienten las bases de ese amor condenado a través de ellas: él hará lo que sea por Catherine y ella entonces sentencia desde la lucidez infantil: "Entonces estamos perdidos"




Todos son jóvenes. Las hormonas flotan por todo el aire que rodea la casa y que la invaden. Catherine se debate entre la culpa y el deseo. Es de apellido ilustre venido a menos por una fortuna diezmada por su padre narcisista, jugador empedernido y alcohólico. Heathcliff es un joven enamorado que se mata a trabajar para cansar el hambre de la carne de su hermana adoptiva. Pero Catherine quiere más. Quiere salir de esa casa inmunda y encuentra su oportunidad de limpiar el lodo que envuelve su título nobiliario, al ver acercarse el séquito de carruajes de su vecino Edgar Linton. Este viene acompañado de su pupila (que no hermana).

Y es Isabella, la pupila vista a través de un muro. Otro muro. A través de los ojos de un fascinada Catherine, la que nos cuenta a los espectadores como será la historia de esa pareja enamorada que son Catherine y Heathcliff. Con más lazos en el pelo de los humanamente posibles, le cuenta a Edgar que ha leído una novela que la ha tenido absorbida y no la ha dejado dormir.  Ocurre en Verona, le dice. Habla de dos amantes destinados a la fatalidad. Les traiciona el simple infortunio de encontrarse a destiempo. Les traiciona el simple infortunio de dejarse morir antes de hablar. Su destino es trágico y acaba con muerte. ¿A qué nos puede sonar?

Cuando la espía del muro es descubierta y herida en un tobillo por una caída fortuita, no sólo no es amonestada, sino premiada con una estancia en la rica y pomposa casa de los Linton, en la que Isabella tiene una habitación dedicada a todos sus lazos. El paisaje cambia entonces y ya nada es igual. Impregna todo un aire hiperbólico, exagerado, rosa chicle. Los trajes empiezan a no encajar. Telas de rojo látex, purpurina en los ojos, brillos imposibles de estrellas, colores intensos y planos que inundan la pantalla y nos avisan que la historia está a punto de cambiar. 

Mención especial a las referencias literarias a Alicia en el País de las Maravillas o Caperucita roja, ese cuento oral que se hizo popular a través de la versión escrita de los hermanos Grimm. Heathcliff parece querer ser una versión en movimiento del lienzo que encarna los valores románticos. La obra más representativa de su movimiento, El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich. Una vez más, morir por amor. Morir por un amor que merezca la pena ser vivido.

Pero es Nelly la que sigue en la sombra y hace que la acción avance y que los infortunios vayan ocurriendo a través de disimulados signos de maldad: Omitir información relevante —como que Heathcliff escucha sólo una parte de la confidencia de Catherine sobre aceptar la propuesta de Edgar—, o las numerosas cartas de Heathcliff que intentan llamar la atención de su amada y que Nelly no deja que lleguen a su destino o la distancia que crea entre Edgar y su ya esposa Catherine al delatar la infidelidad y aislar a Catherine en su enfermedad final sin tomarla en serio.

En la película todo tiene un sentido y un por qué, desde la música histriónica hasta el color rojo sangre del cielo durante la huida de un despechado Heathcliff. De la habitación hecha del tono de la piel de Catherine con la peca de su mejilla simulada en la pared, a la chimenea hecha de manos de cerámica lacada que bien podría ser el camino de almas perdidas al infierno de Dante.




Hay escenas que se quedarán a vivir conmigo para siempre. Ese abrazo de Catherine a su padre rodeado por montañas de botellas verdes y acto seguido sus dos puntapiés al cráneo del cadáver, llenos de odio visceral. Esas metáforas del sexo a través de la mucosidad de la clara de los huevos, las manitas de cerdos, los cerdos desollados, las bridas de caballo y las masas de pan. Ese amor clandestino y consumado -por fin- en carruajes, pasillos, esquinas, jardines. Esa casa de muñecas dentro de su propia casa de muñecas. Esa casa de muñecas de una Isabella que se revelará como un espíritu de deseo deformado que sólo quiere que le pongan un collar alrededor del cuello, la llamen perra y la forniquen como tal. Aquí, todas las escenas serían increíbles en una ficción realista pero aquí no. Aquí me las creo porque me mueven. Me mueven y pasarán a formar parte de mi recuerdo. 

Y por fin Nelly. Nelly otra vez, la verdadera protagonista en las sombras porque es el único personaje que tiene un verdadero arco de transformación: Se da cuenta de su propia maldad aunque ya sea tarde para remediarlo. Y es entonces, cuando teniendo a Catherine en sus brazos reconoce en voz alta ante la moribunda que quizás sí, quizás es capaz de mucho más y que la envidia, el resentimiento y la maldad son capaces de habitarla y es consciente de todas ellas en una lucha interna. Catherine la perdona. ¿Cómo no lo va a hacer? Es lo más parecido que ha tenido a una madre en su vida. Ahí ocurre el clímax y ahí es cuando he roto a llorar y no he podido contener el sollozo casi infantil. Porque la película de Fennell no va de amor, sino de toxicidad en todas sus formas y de la herencia de la maldad y la repetición de los patrones que sí está presente en la novela de Brontë. Pero en la película algo cambia. Los personajes de Heathcliff y Catherine no son malos en sí. Sólo son producto de una vid podrida y aún así, aún así han sabido amar. Y Nelly tiene salvación en el momento en el que es consciente de su propia mezquindad. 

Luego el resto ya no importa. Se encienden las luces y no soy capaz de mirar a nadie porque sólo puedo pensar, que qué pena habiendo podido ser tan felices terminen siendo hijos de un destino maldito.

Cuando empecé a ir al taller de cine en el que estoy tuve cierto miedo. ¿Y si el entender las películas, ver sus costuras, iba a reducir el placer de la emoción que sentía al verlas?

El cine siempre me ha fascinado. Son puertas a universos a los que nunca podré acceder de otra manera y gracias al taller de cine me he dado cuenta que ver todas esas dimensiones a la vez no sólo hace que disfrute las buenas películas sino que las disfrute con la misma pasión y profundidad que el amor que sienten Catherine y Heathcliff. Que el rencor que definió a Nelly.





domingo, 8 de febrero de 2026

Polisemia y definición de una vida llena de gracia.


Gracia. Artículo. Del latín Gratia

1. Cualidad o conjunto de cualidades que hacen agradable a la persona o cosa que las tiene. 

2. Atractivo independiente de la hermosura de las facciones, que se advierte en la fisonomía de algunas personas.

3. Perdón o indulto.

4. Afabilidad y buen modo en el trato con las personas.

5. Habilidad y soltura en la ejecución de algo. 

6. Benevolencia y amistad de alguien.

7. Capacidad de alguien o de algo para hacer reír. 

8. Dicho o hecho divertido o sorprendente.

9. Acción o dicho de un niño que le sirve de lucimiento. Referido a personas adultas

10. Rel. En la doctrina católica, favor sobrenatural y gratuito que Dios concede al hombre para ponerlo en el camino de la salvación.

11. Proeza, hazaña, mérito.

Fuente: R.A.E.



Introducción.

Sorrentino utiliza en La Grazia la polisemia de la palabra como instrumento para crear un mosaico de historias. Todas ellas se cruzan con los diferentes significados y definen las vidas de sus personajes como si de una constelación se tratase. Estrellas que brillan y que en conjunto abren la puerta a nuevas galaxias. 

La Grazia es la belleza de la duda. Lo dice Sorrentino en boca de Mariano de Santis. Vivir es avanzar sin certezas a través de saltos de fe. Una fe que no resuelve la Iglesia, ni el ejército, ni siquiera la cultura, Una fe que sólo se abre paso a través de la valentía y la ligereza.



1. Cualidad o conjunto de cualidades que hacen agradable a la persona o cosa que las tiene. 

Mariano de Santis fuma un cigarrillo al día, su hija, jurista como él, cuida de él. Tiene otro hijo, que vive en Montreal. Quizás el primero que acepta la grazia de la que Sorrentino habla.

Al Presidente de la República Italiana le quedan sólo seis meses en el cargo. Seis meses para tomar tres decisiones: Los indultos de Isa Rocca, Cristiano Arpa y una ley que cambiará el país. El derecho a la eutanasia. Mariano de Santis tiene sólo un pulmón y no supera el duelo de la pérdida de su mujer ocho años atrás. 

Aurora es esa estrella inalcanzable que atraviesa toda la película. El motor de su vida. La inspiración que hizo del hombre de leyes un poeta: Frío, tú calientas. / Oscuridad, tú iluminas. / Estoy perdido, tú me encontrarás. / Ahora no, mañana. / Uno, diez, cien otoños.

El Presidente de la Republica Italiana: Mariano de Santis, cree que la verdad es una entelequia y que lo más cerca que se puede estar de ella es a través del orden, los hechos y la reflexión. Sólo repara en las emociones cuando se las encuentra por casualidad, como el caballo Elvis, que aún desahuciado lo condena a la agonía de una muerte natural por ser incapaz de hacerse responsable de su muerte.

Mariano de Santis, Presidente de la República Italiana es consciente de la mortalidad al recibir a su decrépito homólogo portugués. Es ahí cuando empieza a acecharle el pasado a través de una tormenta simbólica y literal. Comienza entonces la búsqueda del culpable de sus tormentos y el inicio del tránsito de su camino del héroe.

2. Atractivo independiente de la hermosura de las facciones, que se advierte en la fisonomía de algunas personas.

Mariano De Santis es un hombre que no se deja llevar por modas. Parece siempre recién duchado y vestido con impolutos trajes oscuros, camisas blancas, corbatas sobrias. Lleva gafas y se peina lo que le queda de pelo cano hacia atrás. 

La elegancia y la ligereza de su atractivo pasa también por el resto de personajes. Son los evocados los que se visten con la nostalgia del pasado que pesa. Una Aurora joven que ve andar a lo lejos en la neblina. De Santis, recién llegado a aquellas tierras de las provincias de Nápoles se enamora irremediablemente. Aurora es un ser omnipresente en su vida, inmortal en su memoria. Omnipotente en su estado de ánimo y al mismo tiempo, etérea. Sus pies no tocan el suelo. La divinidad en el católico De Santis, es representada por su mujer. 

Los personajes del presente son las posibilidades de un futuro que De Santis prevé vacío. Es la embajadora lituana la imagen más cercana de ese eco de su mujer. La observa alejándose después de insinuarse, cándida. La observa alejándose como si volase en vez de andar. Y ni siquiera la ilumina un buen sol.

3. Perdón o indulto.

La culpa y el perdón tiene un papel protagonista en La Grazia.

Es al escuchar el sonido que palpita lejano de una canción de Gué, que se abre una grieta en el protagonista. Se revela aquel rencor que lleva cargando cuarenta años en silencio. El primer punto de giro será su pie moviéndose al ritmo de la canción del rapero. Ese ritmo que escuchará a lo largo de toda la película y que le abrirá al rencor de la infidelidad de Aurora, pero también a la vida.

El segundo punto de giro, vendrá del perdón. El descubrimiento del traidor y la absolución. Perdonar es perdonarse a sí mismo también. Perdonarse para continuar viviendo después de la muerte de Aurora.

4. Afabilidad y buen modo en el trato con las personas.

De Santis trata a todos sus subordinados con respeto y educación. Tutea sólo a uno, Ugo Romani, amigo de la infancia y rescatador de fotos del colegio en blanco y negro. Es esta, una relación que se verá absorbida por la ambición de su amigo y que el presidente sabrá controlar con destreza. 

Es también elegante De Santis al despedirse. Lo demuestra con Samaritano, cuando le dice que es exactamente esa cualidad la que resaltado por ambas partes para disimular su animadversión.

El presidente es despedido con cariño y hasta escoltado a su casa en un último paseo por la ciudad de Roma por su fiel coracero. Rodeado de su séquito de seguridad, los ciudadanos romanos le mostrarán respeto como si de una procesión de un santo se tratase.

5. Habilidad y soltura en la ejecución de algo. 

En una escena De Santis se encuentra sin poder comunicarse con el ingeniero Giordano que lleva en órbita en la estación espacial un año. Son los dos hombres más solos del mundo.

Sorrentino vuelve a hacerlo. Condensa toda la película en la lágrima del astronauta en gravedad cero. Crea una escena hipnótica y bella en la que, como en La Creación de Adán de Michelangelo, el dirigente electo de Italia intenta alcanzar con la mano esa catarsis a la ligereza, a la que el ingeniero Giordano ya ha llegado. Éste se la muestra a millones de kilómetros contenida en una gota de agua salada. 

De nuevo, el arte de Sorrentino es crear un juego de espejos en la que los personajes se miran y se reflejan. Padre e hija buscan lo mismo. Cada uno se encuentra en los casos de indulto. Dorotea en el de Isa Rocca, que ha elegido la libertad aún estando en prisión. Mariano en el de Cristiano Arpa que expresa en palabras su amor por Aurora: Cuando el amor se vuelve limitado por la muerte, el otro desaparece. Uno no existe sin el otro.  

6. Benevolencia y amistad de alguien.

Son los personajes que rodean a De Santis los que le ayudan a avanzar en su camino del héroe.

El coronel, una suerte de psicopompo que le va mostrando las grietas de su ordenada vida: Encuentra la canción de Gué para él, le pone delante el dilema de tomar la decisión del caballo Elvis, le acompaña en sus reflexiones impregnadas de nicotina. Porque "Un coracero debe saber hacer de todo" 

Dorotea, esa hija que ha hecho de la aprobación y el cuidado de su padre la excusa perfecta para no crear su propia vida y que después de su propia catarsis, al escuchar de labios de Isa Rocca que no respira, le muestra a su padre que todavía está a tiempo de cambiar.

Coco, su amiga de la infancia, confidente de Aurora. Crítica de arte, destructora de museos. Mujer leal hasta el final.

La embajadora lituana que se presenta como una oportunidad, así como la editora de Vogue. Son mujeres las que hacen que se observe la posible proyección del arco del personaje de De Santis. Son las que abren posibilidades. ¿Quién es Mariano De Santis cuando no es el Presidente de la República?

7. Capacidad de alguien o de algo para hacer reír. 

Sorrentino es gracioso con contención y por sorpresa. Juega mucho a la burla sin maldad de las instituciones. El Jefe militar que fuma un porro que encuentra a su hijo en un cajón. Que no le coloca porque no es capaz de tragarse el humo. El Papa con rastas que se mueve en una moto de alta cilindrada. 

Y al final, sólo queda eso. Una carcajada, la buena compañía. El placer de una cena acompañado. El cómodo silencio en compañía.

8. Dicho o hecho divertido o sorprendente.

A veces el surrealismo, a veces la hipérbole acompaña el cine de Sorrentino. 

Como ese rapero condecorado como artífice sin saberlo del cambio en De Santis. Pido perdón después, no permiso primero, le dice al oído al condecorarle con la medalla nacional.

Ese robot, una especie de perro de metal que cruza una calle para asegurarla antes del paso del protagonista, que se para en medio del plano rompiendo la cuarta pared, mirándonos como si quisiera asegurarse de que seguimos atentos, de que estamos entendiendo el mensaje.

Y por fin, ese De Santis, ya sólo persona y no presidente, flotando por fin. Alcanzando la gravedad cero.

9. Acción o dicho de un niño que le sirve de lucimiento. Referido a personas adultas.

A lo largo de toda la película se repite una frase sencilla que bien podría formular un niño: 

¿De quién son nuestros días?

Esta frase será el mantra que presentará, hará avanzar y cerrará La Grazia.

10. Rel. En la doctrina católica, favor sobrenatural y gratuito que Dios concede al hombre para ponerlo en el camino de la salvación.

Es la figura del Papa la que formula la pregunta que atraviesa toda la película: Le explica a de Santis lo obvio: Qué es un anciano y está al final de la vida. Que el pasado le pesa como los achaques físicos y el futuro. ¿Qué es el futuro? Un vacío. 

Le explica que está al final de su mandato y por lo tanto de su carrera política y le insta a hacer lo correcto: mantener el misterio porque ni dios ni las ciencias tienen respuestas, sólo preguntas.

Es entonces cuando formula la pregunta detonante de la película ¿Aún se acuerda de lo que es andar ligero? ¿Alguna vez se ha sentido ligero?

11. Proeza, hazaña, mérito.

La proeza de conseguir tomar no sólo una, sino tres decisiones que involucran directamente a la gracia: Los indultos de Isa Rocca, Cristiano Arpa y una ley que cambiará un país. La de la eutanasia.

La Grazia es política hasta la médula. Habla de posicionarse, en la vida y en el mundo. La duda metódica no es mala en sí, eso es criterio, intelectualidad. La belleza de la duda está en superarla conociendo el peligro. La belleza de la duda reside en saber que tomar una decisión siempre es un acto de fe.

De Santis encuentra la capacidad de tomar decisiones, aún dudando. Entra en el camino de la salvación al abrirse. Se abre primero Observando de nuevo a la diplomática lituana y aquella posibilidad que sigue esperándole, luego dejando entrar la algarabía de la calle romana. Por fin, marcando el teléfono de la editora de Vogue y descubriendo al De Santis hombre. Ese que se construyó a través de su mujer. Ese que está aprendiendo a vivir de nuevo, solo.

El Presidente de la República Italiana quería soñar. Quería soñar con la ausencia de gravedad. El antiguo Presidente de la República Italiana está aprendiendo que La grazia es la belleza de la duda.

Vivir, entonces, es dudar. Es avanzar aún no teniendo certezas. Es tener fe en que todo irá bien.

Y por fin. Por fin. Entrar en la gravedad cero. La ligereza. La Grazia.


Conclusión y cierre:

Sorrentino utiliza en La Grazia la polisemia de la palabra como instrumento para crear un mosaico de historias. Yo he querido utilizar la polisemia como estructura que sostiene este texto.

Escribir es avanzar sin certezas a través de saltos de fe. Una fe que no resuelve las ganancias, ni el volumen de obra, ni siquiera el reconocimiento, Una fe que sólo se abre paso a través de la valentía y la ligereza.

Me gustaría terminar posicionándome y hacer así honor al proceso del Presidente De Santis y al lema oficial del Reggimento Corazzieri: La virtud se fortalece en el peligro. La Grazia de Paolo Sorrentino es una obra maestra.  

Sorrentino es quizás el director de mi vida. Comparto con él la mayoría de sus temas. También están Terry Gilliam, Charlie Kaufman y Terrence Malick, pero es Sorrentino mi favorito. Nadie me hace contener la respiración como él ni nada deja en mí tantas preguntas como sus películas. Porque Sorrentino, como el papa, como Dios, no ofrece respuestas. Formula preguntas. 


viernes, 9 de enero de 2026

Mientras que

Mientras el mundo se derrumbaba, veíamos El cuento de la criada.

Mientras Estados Unidos entraba a la fuerza en Venezuela, se llevaba a un dictador y lo reemplazaba con otro, alguien escuchaba un audiolibro de título: Crónicas Marcianas.

Mientras el orden impuesto después de la Segunda Guerra Mundial se deshacía, una chica leía 1984 en su diminuto apartamento de París, debajo de un edredón.

Mientras se empezaba a detener a las primeras personas en Estados Unidos por el color de su piel, una pareja se abrazaba en un sofá después de un largo día. Él ponía el mando en alto y pulsaba el botón que le daba acceso directo a Netflix. Después de buscar durante un rato, decidían poner un capítulo de Black Mirror




Mientras Europa veía como un agente de la ICE mataba en Minneapolis a una poeta de 37 años. Madre de tres hijos. 

Ciudadana norteamericana. 

Borned and raised. 

Blanca. 

Casada. 

En ese momento de profesión: ama de casa, 

Un camionero de 45 años. Padre de dos hijos. 

Ciudadano estadounidense. 

Borned and raised.

Blanco.

Divorciado.

Gritaba en Texas: Make America Great Again. 





Mientras el presidente de Estados Unidos salía en una rueda de prensa afirmando que el agente del ICE que disparó, sólo seguía órdenes.

¡Terroristas!—. Decía esa voz nasal de timbre áspero mientras se colocaba la bolsa de orina que llevaba pegada a la pierna al mismo tiempo.

Mientras que alguien deslizaba por los pasillos de una MORGUE en una camilla a Reneé Nicole Good ¡Qué ironía de apellido!—. poeta de 37 años. Madre de tres hijos. 

Ciudadana norteamericana. 

Borned and raised. 

Blanca.

Casada. 

En ese momento de profesión: ama de casa.

Asesinada,

Yo buscaba aquella cita de Gramsci que decía “El viejo mundo se muere y el nuevo está por llegar, y en ese claroscuro surgen los monstruos”.







viernes, 26 de diciembre de 2025

Reflexiones de un año que acaba y otro que comienza


Yo quepo en el mundo

Y el mundo cabe en mí

Yo ocupo el mundo

Y el mundo me ocupa a mí

Yo quepo en un haiku

Y un haiku ocupa un país

Un país cabe en una astilla

Una astilla ocupa la galaxia entera

La galaxia entera cabe en una gota de saliva

Una gota de saliva ocupa la 5a avenida

La 5a avenida cabe en un piercing

Un piercing ocupa una pirámide

Y una pirámide cabe en un vaso de leche

Y un vaso de leche ocupa un ejército

Y un ejército cabe metido en una pelota de golf

Y una pelota de golf ocupa el Titanic

El Titanic cabe en un pintalabios

Un pintalabios ocupa el cielo

El cielo es la espina

Una espina ocupa un continente

Y un continente no cabe en Él

Pero Él cabe en mi pecho

Y mi pecho ocupa su amor

Y en su amor me quiero perder

La Yugular. Rosalía.



Qué difícil es contener un momento en la memoria.

Cuando surge un recuerdo informe y parece que a través de destellos de luz y colores vas a llegar a desentrañar la claridad de la escena pasada pero el cerebro te confunde. ¿Fue real? ¿Pasó? 

En navidades siempre me ocurre esto. Soy mayor como para no reconocer el patrón. Se me agolpan imágenes de la infancia que contrastan con las de ahora. A veces me entristece pensar en aquellos días: Las navidades por todo lo alto. Diez, quince, veinte personas en mi casa. El pavo de mi madre. 

Pero también sonrío a veces. ¡Como querría mi madre a su nieta! Esa Pato que, como su abuela, se abre paso en la vida segura. Poniendo un pie detrás de otro con firmeza. Pisa, Patricia, que el mundo te espera. Y qué suerte pensar que ella vaya a experimentar todo por primera vez. El milagro de creer que somos todos los que hemos sido, los que son y los que serán, es que aunque tú te vayas, el resto queda y el resto es el futuro.

Otras personas que reirán, abrazarán, besarán con pasión. Se enamorarán y se les romperá el corazón en mil pedazos. Subirán a una montaña rusa y experimentarán el vacío en el estómago, que es un poco como el vértigo antes de entrar en una primera reunión de trabajo o presentar un manuscrito a un agente literario. Como decirle a alguien que le quieres sin saber cual será la respuesta o una ruptura en una amistad. Hablar sabiendo que será la última vez que lo hagas.

Todo está bien y al mismo tiempo el mundo se desmorona. Busco a veces ritos a los que agarrarme y al mismo tiempo se me resbalan en el tiempo. Solo en una Iglesia se me para el tiempo, ya sea en una religiosa o laica. Solo ahí se me para la eternidad y me embeleso con todos aquellos que vinieron antes y dejaron estas obras por lo que fuera, o quienes fueran. Debo ser una neoclásica anacrónica. 



Así que yo elijo quedarme en los destellos. En el abrazo de dos cuerpos desnudos, en el beso de una sobrina, en el gesto de amor de una hermana, en las carcajadas con una amiga porque yo sólo tengo una regla clara y es que abrazo lo que viene y lo que me trae la vida, sin forzarlo, sin pedir de más, como se quiere a los gatos. Así quiero yo.

Que cualquiera que esté en mi vida, elija volver a mí. Esa es la verdadera libertad. 

Se nos caen los símbolos y se destrozan al caer en mil pequeños fragmentos que llaman a la desesperanza y a la anarquía y yo pienso que todos hemos pensado igual. Desde el hombre de las cavernas hasta el tiempo que nos define hoy a través de esas horribles figuras de autoridad que juegan con el mundo como si de una pelota se tratase. 

Todo esto será nada. Y me costará retener la imagen en mi memoria, como siempre que siento que vivo de verdad. 




viernes, 31 de octubre de 2025

Vosotros me miráis, yo os miro.

Haj regő rejtem
Hová, hová rejtsem...
Hol volt, hol nem: kint-e vagy bent?
Régi rege, haj mit jelent,
Urak, asszonyságok?
Ím szólal az ének.
Ti néztek, én nézlek.
Szemünk pillás függönye fent:
Hol a színpad: kint-e vagy bent,
Urak, asszonyságok?
Keserves és boldog nevezetes dolgok,
az világ kint haddal tele,
de nem abba halunk bele,
urak, asszonyságok.
Nézzük egymást, nézzük, regénket regéljük.
Ki tudhatja, honnan hozzuk?
Hallgatjuk és csodálkozzuk,
Urak, asszonyságok.

Texto del prólogo de El Castillo de Barbazul 


En el ballet pantomima El Mandarín maravilloso y la ópera El castillo de Barbazul, las dos de un acto, las dos de Béla Bartók, aparece al comienzo de cada una un poeta solo en escena. Éste recita unos versos en húngaro a modo de prólogo. El poeta se pregunta dónde está el escenario, si dentro o fuera. Habla del refugio del espectáculo en tiempos de guerra y como estos, en realidad son lo mismo. Todo es espectáculo. Sólo que uno es una ensoñación y el otro el lugar donde vivimos nuestras vidas. ¿Por qué no entonces perderse un poco en una fantasía, bajar los párpados y dejarse ir?




Producen una sensación de desasosiego sus dos obras. Quizás más El Mandarín maravilloso que el Castillo de Barbazul. La primera fue escrita en 1917. Supongo que sólo reflejaba el sentir del compositor justo al final de la primera guerra mundial. Aquella en la que no quedó nada de las ciudades, ni del futuro de su país, Hungría. Más tarde en octubre de 1940, Bartók y su esposa, Ditta Pásztory, dejarán su patria para instalarse en Nueva York. Allí permanecerá hasta su muerte en 1945 sólo cinco años después. Fue la guerra el motivo, por supuesto. Quizás ayudó la impotencia de ver la destrucción de su mundo por segunda vez. O quizás que Hitler intentará instrumentalizar su obra llena de folklore popular, como panfletada nazi. Ya lo hizo con Strauss antes. 




Casi al final de Barbazul compuesta en 1911, Judit ha llegado a la habitación en la que hay un lago blanco y yerto que resulta ser de lágrimas. Primero piensa que pertenecen a su nuevo y rico esposo. Más tarde acaba comprendiendo que son las lágrimas de las tres esposas anteriores de su marido. Pero eso no lo verá hasta el final. Hasta que todo esté perdido. Antes descubre un hermoso jardín en otra estancia cerrada, pero sus narcisos gigantes están mojados de sangre, así como las coronas y joyas de la habitación de los tesoros. Todavía hay misterio, pero no verdad.

Al llegar a la última puerta, descubre a sus tres predecesoras. Las esconde Barbazul en la última de las siete habitaciones cerradas bajo llave. Esas que le enriquecieron a través de generosas dotes a cambio de un sueño que se tornaría en pesadilla. En la última escena, Barbazul explica a su cuarta esposa a la que conoció al anochecer, que la primera llegó a su vida una mañana, la segunda al mediodía y la tercera por la tarde con la llegada del ocaso. Es entonces cuando Judit conoce sus destinos y por ende el suyo: Acabar en esa habitación. El de su marido será estar solo de nuevo y para siempre, en un bucle infinito.




Antonio Gramsci, pensador y político italiano dijo que cuando el viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer, en ese claroscuro surgen los monstruos. Bartók murió sabiendo que la segunda guerra mundial había acabado. Sin embargo, sufría por saber que su tierra había sido devastada por segunda vez. Así que en este año, en este momento de la historia que vivimos y en mitad de la ópera, cerré los ojos y apareció. Era la primera frase de la la reescritura de la primera novela que he escrito. Sonreí en la oscuridad y agradecí a Bartók haber compuesto aquello. Como el poeta, pensé: Todo es espectáculo, sólo que uno es una ensoñación y el otro el lugar donde vivimos nuestras vidas. ¿Por qué no entonces perderse un poco en una fantasía, bajar los párpados y dejarse ir?





viernes, 3 de octubre de 2025

Magnolia

Te conozco.

Sé por ejemplo, que entiendes el concepto del amor a través de una canción de Ivan Ferreiro.

También que haces más deporte del que deberías, para dormir bien.

Y aún así, no lo haces.

Me has contado episodios de tu infancia y de tu juventud.

tu abuelo.

Y de tu vida al otro lado del océano.

Sé el gesto que te cruza la cara cuando algo te preocupa.

que eres ante todo, leal

y que mientes poco.

Por lo menos en lo importante.

Te conozco

Pero quiero conocerte más

porque todavía no me canso

de descubrirte.


A estas alturas, debería saber que el amor no es lo mío. Que a mí no me ha tocado en la lotería de la vida. Pero ¿Cómo renunciar a saberse amado? ¿Cómo renunciar a querer?

En la película de Paul Thomas Anderson, Magnolia, Donnie Smith, aquel niño genio que ha quedado en su etapa adulta para vender televisores en una tienda de electrónica de un suburbio de una ciudad cualquiera en Estados Unidos, dice que tiene mucho amor que dar. Que tiene tanto, que no sabe donde ponerlo. Esa vez (la segunda en la película), lo dice con la boca destrozada, llena de sangre. Lo masculla, más que decirlo. Se rompe los dientes por los que se endeudó buscando conseguir el amor que tanto ansiaba.

Pero da igual que Donnie se ponga una dentadura nueva. Cuando el objeto de su deseo, le ve borracho y patético, Donnie ya no sabe que hacer con todo ese amor. Se ve a si mismo como lo que es: un niño roto que nunca será querido. 

Por qué aún así, a pesar de todo, Donnie lo sigue intentando. Como el guerrero que vencido, sigue levantando la espada, porque es eso o la muerte. Es que es el amor o la muerte. No hay más. Es esa pulsión de seguir buscando aún sabiendo que es imposible, lo que nos hace humanos. 

Es esa pulsión por volver a un destello de momento, en el que siendo abrazados por el objeto de nuestro deseo, soñamos con quedarnos a vivir allí. 

Y yo me pregunto si la ilusión del amor, es mejor que no tener amor. ¿Es mejor sentirse amado a medias que no sentirse amado?



sábado, 13 de septiembre de 2025

Septiembre.. diciembre.

Ando haciendo arqueología de mi juventud.

En mis diarios, escritos todos en papel antes de 2007 y a partir de ahí, aquí. En esta bitácora que es este lugar que flota en el tiempo y en el espacio y que nadie lee. A veces pienso que esta es mi propia manera de lanzar un mensaje al mar en una botella. 



Algo que me ha sorprendido de mis diarios ha sido leer sobre escribir. Y aquí la memoria juega un papel decisivo y es el de haberme hecho olvidar que yo siempre quise hacerlo.

Tenía la idea formada de que en mi juventud siempre quise ser pintora y cuando voy sobre lo escrito, lo que me encuentro es algo totalmente diferente: Dibujo. Dibujo mucho, pero dibujo para ilustrar mis palabras, creando florituras que favorecen el mensaje escrito. 




Estoy empapándome del Madrid de 2004 y 2025 mientras vuelvo a a rutina. El Madrid de los atentados de Atocha, el futuro brillante de un país en crecimiento, el incendio del Windsor, los intelectuales siendo todavía misteriosos, sin redes sociales. 

Ese es el Madrid del que yo quiero hablar. De aquel que recorría con aquellas babuchas que no me quité en meses. El del Paseo del Prado y su pequeño estanque rectangular, con aquel árbol deformado que ya no está y donde dije una vez que me casaría. 




Después de Italia comienzo el curso. Para mi el año siempre comienza en septiembre. 

Y sueño con viajar a Socotra y con alargar algo este otoño cálido. 

Y seguir impasible en mis labores mundanas y continuar construyendo este mundo; Los santos de la belleza; que estoy segura que me va a traer momentos únicos. 

Porque cuando más disfruto no es cuando soy reconocida, sino cuando me meto en la vorágine de las teclas y una detrás de otra van formando la historia que quiero contar. 


Ahora en septiembre, empieza la rutina y los paseos y las tardes de chaqueta y las hojas que caen. Como el ánimo, que se vuelve más contenido y se echa a dormir hasta que la primavera le despierte. 

Pero yo tengo un secreto. Me he convertido en una chica de veintiún años en un Madrid que todavía no entiende y del que quiere escapar. Estoy viviendo otras vidas y me alegra, tener tantas. 

Así que septiembre, dará paso a diciembre sin que hayamos pestañeado y yo seguiré viviendo allí, en 2004, consiguiendo arrebatarle tiempo al tiempo.