En el catálogo de la retrospectiva del pintor danés Vilhelm Hammershøi(1864-1916), Hammershøi, el ojo que escucha en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisa y comisariada por la conservadora Clara Marcellán, hay una frase que llama la atención. Pertenece al ensayo del historiador de arte Peter Nørgaard Larsen. Dice así "Hoy, las obras de Hammershøi siguen cautivándonos. Tal vez sea por la tensión entre su sublime belleza y orden formal, por un lado, y la sutil sensación de desasosiego, por otro —las grietas y fisuras que revelan una búsqueda subyacente de la pertenencia—".
Es también una casa de la que habla el largometraje del noruego Joachim Trier Valor sentimental (2025. La suya es una casa que es testigo de la vida de la familia que la habita a lo largo de los años. La casa cruje durante las peleas de los padres, cruje con los lloros infantiles y como en las paredes de las de Hammershøi, se crea una grieta. La casa observa a las hermanas Nora y Agnes crecer, como es observada por el visitante que mira el óleo en que que Ida —Ilsted de soltera, Hammershøi de casada—, toca el piano de espaldas. La casa es el escenario del funeral de la madre de las hermanas Borg. Ese es el día en que reaparece la figura del hombre que ha marcado sus vidas. Ese que sólo las puede ver a través del ojo de una lente. El ojo que ve. Tanto es así, que escribe y filma toda una película para comunicarse con su primogénita, Agnes.
Al norte de Europa pertenecen esas casas de grandes ventanas que dejan ver su interior. No hay nada que esconder, porque no se dice nada. Son estancias amplias en las que se pierden las conversaciones mínimas. Al sur son las casas que se construyen a través de los patios y corralas, persianas de colores que se despliegan y visten las calles, que tapan la luz y protege del calor que a veces abruma. La música atraviesa los balcones y se escapa a la calles.
Hay personas que para no caer en la alienación del tiempo que les ha tocado vivir, se rebelan haciendo de su casa su palacio. Controlan la vida a través del numero de muebles que tienen, donde colocan cada marco, de qué color pintan las paredes y escogen que suena al entrar en ella. Los que pueden, claro.
En la mía también había una grieta pero ahora es más pequeña y casi no se ve. Ahora hay libros, proyectos que terminan y otros que empiezan, una esterilla de yoga. Fotografías, obra gráfica y óleos que me recuerdan por qué la vida merece ser vivida: ser amable, sentirse amado, admirar el mundo que ya se sabe y conocer nuevos reales o imaginados. Ser compasivo, con uno mismo y con los demás. Sorprenderse. Sorprenderse siempre.



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