Cuando empecé a ir por primera vez a un taller de análisis de cine dudé antes de apuntarme. ¿Y si ver sus costuras iba a reducir el placer de la emoción que sentía al verlas? Me daba miedo ver las costuras a tantas historias que ya forman parte de mí. ¿Y si dejaba de conectar con las películas? Esas películas que me han emocionado. Las que me han definido.
El cine siempre me ha fascinado. Es buena parte de mi educación estética y ética. El cine es una puerta a universos a los que nunca podré acceder de otra manera. Viajas en el tiempo y te metes en la piel de desconocidos. Puedes vivir en países que nunca has visitado y sentir emociones que nunca experimentarás en la vida real.
Existen muchas formas de disfrutar de una película y esto no lo empecé a entender hasta que no empecé a asistir a un taller de escritura. La literatura y el cine son artefactos hechos de capas.
Una primera capa: el contenido, la historia, el argumento.
Una segunda capa: el mensaje del autor.
Una tercera capa: el continente, la forma que envuelve a las dos anteriores.
La literatura y el cine son lenguajes diferentes. Por eso una adaptación fiel de un libro, especialmente las novelas que tienen mucha narración interior, es complicado salir airoso en el intento. Porque el cine no se comunica igual que la literatura, el cine contiene imagen y por lo tanto todo es acción. ¿Cómo mostrar el discurso interior de un hombre de cuarenta y cinco años? Es complicado. Mi profesor dice que la voz en off en cine es resultado de un director perezoso. Si tienes que narrar lo que no puedes contar es que no has conseguido hacerlo.
Pero es que además un director de cine también tiene una visión propia del mundo que quiere contar. Ese es el arte que merece la pena, el que te da una visión distinta. Adaptar una novela y cambiarla para que se adapte a tu visión del mundo no sólo es lícito sino que es aconsejable. La novela ya está escrita, su autor ya encapsuló su idea y la lanzó como se lanza una botella al océano para que sea encontrada días, meses, años después. ¿Para qué volver a hacer el mismo proceso cuando puedes crear una diferente, una que sea distinta? Por eso creo que las adaptaciones libres son más ricas que las adaptaciones literales.
Saco tres conclusiones claras de lo dicho anteriormente:
La primera es que una obra una vez ve la luz ya no pertenece a su autor, sino al mundo. Conectará de tal manera (si tiene la suerte de hacerlo) que redefinirá la historia a través de su mirada.
La segunda completa a la primera conclusión y es que en ficción todo es lícito. En el momento en el que un lector abre un libro o un espectador entra en una sala oscura de cine está firmando un pacto con el autor: a partir de ahora creeré todo lo que me cuentes.
La tercera es que nada es una idea original. Todo se reduce a dos palabras: El eros y el tánatos. Amor y muerte. Todo lo demás sobra. Desde la Odisea no se ha hecho nada nuevo. Todo es un pastiche. Un pastiche maravilloso y necesario.
El cine es quizás el artefacto cultural más complejo. Todas las disciplinas artísticas se unen para crear una obra. Aúna imagen, movimiento y forma.
La respuesta a esa pregunta después de un año y medio de taller de cine me ha venido revelada como una epifanía con la película que vengo a comentar: La adaptación del libro escrito en 1847 por Emily Brontë, Cumbres borrascosas.
Adaptaciones de esta novela al cine hay muchas. Yo sólo he visto dos. La primera es la de Buñuel en su etapa mexicana de 1954 con Jorge Mistral como Heathcliff y Susan Hayward como Catherine y la segunda la de Peter Kosminsky de 1992 con Juliette Binoche y un magnético Ralph Fiennes.
Pues bien, mi forma de entender la adaptación que hace Fennell con Margot Robbie y Jacob Elordi, es mi preferida desde hoy. Ya lo empecé a sospechar a la media hora de metraje recorrido, pero seguía escéptica. No había conseguido conectar ni con Heathcliff ni con Catherine. «¿Por qué?», me preguntaba. Pero no fue hasta llegar al clímax que lo entendí. En ese clímax en el que he roto a llorar y no por lo que yo -Inocente de mí- pensé que sería. Al encenderse las luces de la sala ya sabía que esta sería mi favorita de todas las versiones. Por desmitificador. Porque no idolatra el clásico de Brontë haciendo una adaptación literal más innecesaria. Pero sobre todo, porque tiene voz propia.
Emerald Fennell me empezó a llamar la atención antes de saber quién era. Vi una serie llamada Killing Eve que me hizo gracia. Pensé que qué serie más retorcidamente divertida. Sin más. Luego, justo después de terminar "Una joven prometedora" (2020) busqué quién había creado semejante joya y por primera vez leí su nombre: Emerald. Allí estaba su foto. Una chica joven, cándida, rubia, con cara de no haber roto un plato salvo por la comisura de un lado de su boca. Apuntaba algo hacia arriba, como queriendo decir «Parezco rubia, pero no».
Así que cuando me hablaron de ir a ver Cumbres borrascosas pensé que qué pereza ver la enésima adaptación literal de la novela. Igual que la historia es cíclica, la del cine también y parece que desde Hollywood se han propuesto realizar remakes de todas las películas taquilleras de los 90 empezando por Drácula. Hubiese estado bien que llevase subtítulo: de Emerald Fennell. No me lo hubiera pensado. Me pasó con Barbie (2023) de Greta Gerwig, en la que por cierto aparece Fennell haciendo de Midge, la mejor amiga de Barbie que por supuesto es interpretada por Margot Robbie. No podía ser de otra manera.
Así que cuando salió el plan de ver Cumbres miré la ficha de Filmaffinity y vi que la directora era la chica rubia de comisura subida en tono burlón. Pensé entonces que podría estar bien. Así que allí fui con dos amigas después de haber buscado butacas en más de tres cines. Todos estaban completos. No sabían quienes esperaban encontrarse la historia de Brontë que no encontrarían nada de ella.
A partir de aquí vienen spoilers.
Todavía no sé como empieza La película. Estábamos intentando convencer a dos chicos, uno americano y otro español, que se habían sentado en nuestros asientos. Sigo sospechando que sin entrada. Me senté y fijé la mirada en la pantalla pasados unos minutos de empezar la película, cuando la pequeña Catherine aparece en pantalla. Su padre le está contando a la niña —todo ojos azules, todo pelo rubio—, que ha adoptado a un pobre diablo en las calles de Londres. Lo adopta porque le retan a hacerlo y como él no es menos que nadie, se lo trae a su casa y le dice a la niña que puede ser su mascota. La historia de Brontë aquí ya empieza a divergir con la versión de Fennell. Catherine no tiene ningún hermano y su dama de honor es una bastarda que hace las veces de su dama de compañía. Su padre es un ser cruel y no el alma recta y cariñosa del libro de Brontë. Mr. Earnshaw está contento porque está borracho. Catherine exclama entonces: "¡Una mascota!" "Le llamaré Heathcliff".
Empiezan entonces a aparecer muchos marcos desde los que se encuadran las imágenes: Ventanas desde las que se observa, habitaciones vistas desde el umbral de sus puertas y por fin esa especie de arco steampunk de piedra en la que se nos avisa. Fennell nos dice "Aquí no has venido a ver lo que querías, sino lo que yo quiero que veas. A partir de aquí todo es ficción dentro de la ficción". Todos los elementos que van apareciendo más tarde: la casa de muñecas, los cuartos de fantasía vistos desde fuera siempre lo recuerdan hasta el final. Ese primer arco de piedra es el principio del fin y la causa de la desgracia futura de la pareja. Será bajo el arco donde la acción interior en ambos avance.
Así que una vez avisados, lo primero que hace la directora es cambiar a los protagonistas de la historia. No es Heathcliff ni lo es Catherine. Es Nelly. Nelly no es rubia ni de ojos azules y mucho menos ha sido concebida dentro del matrimonio. Sólo por sus ojos rasgados, diferentes a todos los demás, ya se adivina que es bastarda. La pequeña Nelly de cabello y ojos negros como el tizón tiene muy claro que es fruto de una injusticia. Ella se merece lo mismo que Catherine por nacimiento, incluso a Heathcliff. Se nos muestra en una de las primeras escenas, en un salón que es un cuadro de Vermeer. Una sirvienta le recuerda que ella no es tan diferente a los criados de la casa. Entonces Nelly tira el vaso de latón con un movimiento rápido y vuelve su atención de nuevo al libro que tiene en el regazo. Ese gesto impersonal, le basta para que la sirvienta recuerde dónde está su lugar. Puede que Nelly no esté a la altura de Catherine según los demás, pero tampoco a la de una sirvienta.
No es es Nelly a la que vemos en el salto de esta familia disfuncional en el tiempo. Nelly siempre está y estará en la sombra, acechando para reparar la injustica cósmica de su condición. La edad adulta aparece en la transición de herida a cicatriz en la espalda de Heathcliff. Justo después de las heridas sangrantes del niño. Justo antes de que se asienten las bases de ese amor condenado a través de ellas: él hará lo que sea por Catherine y ella entonces sentencia desde la lucidez infantil: "Entonces estamos perdidos"
Todos son jóvenes. Las hormonas flotan por todo el aire que rodea la casa y que la invaden. Catherine se debate entre la culpa y el deseo. Es de apellido ilustre venido a menos por una fortuna diezmada por su padre narcisista, jugador empedernido y alcohólico. Heathcliff es un joven enamorado que se mata a trabajar para cansar el hambre de la carne de su hermana adoptiva. Pero Catherine quiere más. Quiere salir de esa casa inmunda y encuentra su oportunidad de limpiar el lodo que envuelve su título nobiliario, al ver acercarse el séquito de carruajes de su vecino Edgar Linton. Este viene acompañado de su pupila (que no hermana).
Y es Isabella, la pupila vista a través de un muro. Otro muro. A través de los ojos de un fascinada Catherine, la que nos cuenta a los espectadores como será la historia de esa pareja enamorada que son Catherine y Heathcliff. Con más lazos en el pelo de los humanamente posibles, le cuenta a Edgar que ha leído una novela que la ha tenido absorbida y no la ha dejado dormir. Ocurre en Verona, le dice. Habla de dos amantes destinados a la fatalidad. Les traiciona el simple infortunio de encontrarse a destiempo. Les traiciona el simple infortunio de dejarse morir antes de hablar. Su destino es trágico y acaba con muerte. ¿A qué nos puede sonar?
Cuando la espía del muro es descubierta y herida en un tobillo por una caída fortuita, no sólo no es amonestada, sino premiada con una estancia en la rica y pomposa casa de los Linton, en la que Isabella tiene una habitación dedicada a todos sus lazos. El paisaje cambia entonces y ya nada es igual. Impregna todo un aire hiperbólico, exagerado, rosa chicle. Los trajes empiezan a no encajar. Telas de rojo látex, purpurina en los ojos, brillos imposibles de estrellas, colores intensos y planos que inundan la pantalla y nos avisan que la historia está a punto de cambiar.
Mención especial a las referencias literarias a Alicia en el País de las Maravillas o Caperucita roja, ese cuento oral que se hizo popular a través de la versión escrita de los hermanos Grimm. Heathcliff parece querer ser una versión en movimiento del lienzo que encarna los valores románticos. La obra más representativa de su movimiento, El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich. Una vez más, morir por amor. Morir por un amor que merezca la pena ser vivido.
Pero es Nelly la que sigue en la sombra y hace que la acción avance y que los infortunios vayan ocurriendo a través de disimulados signos de maldad: Omitir información relevante —como que Heathcliff escucha sólo una parte de la confidencia de Catherine sobre aceptar la propuesta de Edgar—, o las numerosas cartas de Heathcliff que intentan llamar la atención de su amada y que Nelly no deja que lleguen a su destino o la distancia que crea entre Edgar y su ya esposa Catherine al delatar la infidelidad y aislar a Catherine en su enfermedad final sin tomarla en serio.
En la película todo tiene un sentido y un por qué, desde la música histriónica hasta el color rojo sangre del cielo durante la huida de un despechado Heathcliff. De la habitación hecha del tono de la piel de Catherine con la peca de su mejilla simulada en la pared, a la chimenea hecha de manos de cerámica lacada que bien podría ser el camino de almas perdidas al infierno de Dante.
Hay escenas que se quedarán a vivir conmigo para siempre. Ese abrazo de Catherine a su padre rodeado por montañas de botellas verdes y acto seguido sus dos puntapiés al cráneo del cadáver, llenos de odio visceral. Esas metáforas del sexo a través de la mucosidad de la clara de los huevos, las manitas de cerdos, los cerdos desollados, las bridas de caballo y las masas de pan. Ese amor clandestino y consumado -por fin- en carruajes, pasillos, esquinas, jardines. Esa casa de muñecas dentro de su propia casa de muñecas. Esa casa de muñecas de una Isabella que se revelará como un espíritu de deseo deformado que sólo quiere que le pongan un collar alrededor del cuello, la llamen perra y la forniquen como tal. Aquí, todas las escenas serían increíbles en una ficción realista pero aquí no. Aquí me las creo porque me mueven. Me mueven y pasarán a formar parte de mi recuerdo.
Y por fin Nelly. Nelly otra vez, la verdadera protagonista en las sombras porque es el único personaje que tiene un verdadero arco de transformación: Se da cuenta de su propia maldad aunque ya sea tarde para remediarlo. Y es entonces, cuando teniendo a Catherine en sus brazos reconoce en voz alta ante la moribunda que quizás sí, quizás es capaz de mucho más y que la envidia, el resentimiento y la maldad son capaces de habitarla y es consciente de todas ellas en una lucha interna. Catherine la perdona. ¿Cómo no lo va a hacer? Es lo más parecido que ha tenido a una madre en su vida. Ahí ocurre el clímax y ahí es cuando he roto a llorar y no he podido contener el sollozo casi infantil. Porque la película de Fennell no va de amor, sino de toxicidad en todas sus formas y de la herencia de la maldad y la repetición de los patrones que sí está presente en la novela de Brontë. Pero en la película algo cambia. Los personajes de Heathcliff y Catherine no son malos en sí. Sólo son producto de una vid podrida y aún así, aún así han sabido amar. Y Nelly tiene salvación en el momento en el que es consciente de su propia mezquindad.
Luego el resto ya no importa. Se encienden las luces y no soy capaz de mirar a nadie porque sólo puedo pensar, que qué pena habiendo podido ser tan felices terminen siendo hijos de un destino maldito.
Cuando empecé a ir al taller de cine en el que estoy tuve cierto miedo. ¿Y si el entender las películas, ver sus costuras, iba a reducir el placer de la emoción que sentía al verlas?
El cine siempre me ha fascinado. Son puertas a universos a los que nunca podré acceder de otra manera y gracias al taller de cine me he dado cuenta que ver todas esas dimensiones a la vez no sólo hace que disfrute las buenas películas sino que las disfrute con la misma pasión y profundidad que el amor que sienten Catherine y Heathcliff. Que el rencor que definió a Nelly.







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