miércoles, 13 de junio de 2012

Ainas


Desaparecí porque lo necesitaba.
Necesitaba oler a mar y ver las estrellas desde un coche en marcha con las luces apagadas

Necesitaba conocer otra realidad que no fuese tan rápida.
Necesitaba poder caminar con los pies descalzos bajo el sol
Y llevar el pelo suelto y rizado.
Rizos pelirrojos que se envuelven como caracolas de mar.



Desde mi isla veo Cuba, a lo lejos, misteriosa y llena de luz
Al otro lado el continente de América, la península del Yucatán.
La tierra de los mayas, la isla de Itzel.
Historias de novias fantasmas que rondan la orilla del mar

Mi isla es de colores. Azul, verde, rojo y lima
Iguanas de piel anaranjada que aceleran su paso al verme
Personas sencillas con sueños sencillos que proporcionan un tipo de felicidad más real que moderada.
Valores que parecen sacados de otra época.

México y su gente. Y sus bailes regionales y su orgullo patrio.
México y sus colores, sus manglares llenos de animales a los que no sé ponerles nombre.
México enfrentado, México en época de cambio político
México de contrastes de norte a sur y por ende, de contradicciones.





Hasta noviembre permaneceré en la isla
Y me olvidaré de los deberes sociales.
De las tardes otoñales de Madrid
De mi sofá color salmón
De las frías mañanas de enero

Me quedo con el calor del sol en la cara
El viento de la tarde que me mece
En la hamaca de mi terraza, enfrente del jardín.


martes, 10 de abril de 2012

Renaissance (cosmic)


Durante dos años he sido una ameba
Durante dos años perdí parte de la esencia cósmica
Durante dos años pensé que me había hecho mayor
Durante dos largos años no tuve un sueño (literalmente)

Y ahora caigo paulatinamente en la certeza
Del que persigue sus metas
Del que no se cansa de remar hasta que llega a aguas tranquilas
y bebe de frescos manantiales que brotan de la montaña



Y veo que la luz existe al final del túnel
Y que los pájaros pueden volver a teñirse de azul
Que las personas nacen y se hacen
Y que necesitaba perderme, para poder encontrarme

No me arrepiento ya del tiempo perdido
Ni de las lágrimas, ni el sudor, ni los aullidos del alma
Porque forman parte del camino de polvo y barro
Que forman parte de lo que soy.


Durante estos meses:

He observado a un grupo de jóvenes judíos bailar emborrachados de vida en El Marais
He escuchado el discurrir del tiempo en el agua que rodea la escalera del Generalife
He sentido el traqueteo de cables de metal empujando el vagón número 28
He vuelto a abrir libros y a dejarme maravillas por imaginarios ajenos
Y he vuelto a sentir la comezón de la vida que circunvala el perímetro que es mi cuerpo.


"I saw the best minds of my generation destroyed by 
madness, starving hysterical naked,
Dragging themselves through the negro streets at dawn
looking for an angry fix,
angelheaded hipsters burning for the ancient heavenly 
connection to the starry dynamo in the machinery of night
Who poverty and tatters and hollow-eyed and high sat up
smoking in the supernatural darkness of cold-
water flats floating across the tops of cities
contemplating jazz,
who bared their brains to Heaven under the El and saw 
Mohammedan angels staggering on tenement
roofs illuminated,
Who passed through universities with radiant cool ayes 
hallucinating Arkansas and Blake-light tragedy
among the scholars of war,
who were expelled from the academies for crazy & publis-
hing obscene odes on the windows of the skull,"

Howl for Carl Salomon - Allen ginsberg




martes, 28 de febrero de 2012

HOPPER Y YO


(Artículo escrito en 2010, que finalmente no vió la luz y quedo postergado en el cajón de sastre)


Hoy me paré a pensar.
Normalmente no me da tiempo. Siempre hay algo que hacer, ya saben, facturas que pagar, telefonos a los que atender o fiestas en las que bailar.



Llevo dos años fuera de mi país, y debido en parte a mi carrera, paso muchos de esos dias en un hotel.
Esta vez, estaba en un mini apartamento en Mwanza, una pequeña ciudad situada a orillas del lago Victoria en el norte de Tanzania.
Llevaba todo el día aburrida y asqueada del mundo. Dos días de hospital y un resultado final: una infección gastrointestinal producida por una ameba.

Y sentada sobre la colcha blanca de la double king size bed que me habían adjudicado de forma temporal, me vino a la cabeza Edward Hopper.

Me acordé de la primera vez que vi uno de sus lienzos, una pequeña fotografía en un libro de arte de la escuela. No entendía porque ese señor pintaba escenas vacías y de colores uniformes. No conseguía ver de que forma podia competir ese arte con un cuadro de colores explosivos como cualquiera de Kandinsky. Y pasado un tiempo, como siempre, lo fuí olvidando. Quien era Hopper para mi? Un nombre más en un libro de arte.

Hasta aquella noche en Mwanza.

Aquella noche  recordé sus escenas vacías, siempre ubicadas en hoteles o Moteles de carretera. Sus protagonistas, casi siempre mujeres de edad media, lo suficientemente adultas para conocer el juego que es la vida, lo suficientemente jóvenes como para seguir teniendo esperanza en aquella escalera de color que siempre está por llegar.
“Yo no vine al mundo, para hacer esto”.
Mirando fijamente al vacío, sumidas en pensamientos trascendentales. Quien soy yo, de donde vengo y hacia donde voy.

Las protagonistas de Hopper siempre están esperando algo. Puede ser una tarea sencilla, como que termine la película como en la pintura NY Movie o puede ser la llamada de algún amante que despierte en la memoria aburguesada el recuerdo del cálido abrazo, porque en el fondo, toda mujer ha sido Madame Bovary.

Y derrepente ocurrió. Me senti protagonista de uno de sus cuadros. Sentada en la cama, en ropa interior, mi pelo caía de cualquier forma sobre mis hombros desnudos, mirando el azul del lago Victoria a traves de las palmeras y haciendo resumen de los ultimos dias. Sentía nostalgia del tiempo vivido, ese que se nos escapa de las manos y que solo vuelve en forma de ráfagas de recuerdos. El olor de la fruta fresca, El chai de los masais o el color del Mara en Abril.

Todo se me antojaba lejano y me sentía sola. Era una soledad con mayusculas, y pensaba lo lejos que quedaba ya mi casa. Era la nómada contemporánea. De hotel en hotel, de país en país, siempre echando de menos pero siempre queriendo escapar para volver a experimentar esa sensación de llegar a un lugar Nuevo. Hacer un recorrido general por la habitación, sopesar la comodidad de la cama, abrir las cortinas y ver que es lo que me espera al otro lado de la ventana. Ser un poco Alicia, al fin y al cabo.


Sentirme una figura bocetada por Hopper, no me hizo sentir alegre, sino deprimida y quizas, un poco sorprendida por la novedad. Fumaba preguntándome si aquellas mujeres fumarían como yo o si verían la vida de la misma forma que lo hacía yo en aquel cuarto de hotel africano.

Y entonces, lo comprendí. Todas las mujeres somos mujeres de Hopper en algún momento de nuestra vida.

La novia que contiene sus dudas justo antes de andar hacia al altar bajo la Mirada orgullosa y henchida del padre.

La madre que no puede evitar preguntarse que hubiera pasado si hubiese esperado un poco a tener hijos.

La mujer, soltera, preocupada de quien la cuidará cuando ya no pueda valerse por si misma.

Para mi, Hopper es ese punto de inflexion, en el que inunda la infinita tristeza o, para no ser drámaticos, digamos mejor, nostalgia.
Nostalgia por aquellas experiencias que se quedaron en el tintero, porque las mujeres de Hopper, son mujeres de pasado misterioso Escondido por los tonos cromáticos aparentemente planos. 

Hopper, es el pintor del instante en el que la nostalgia se apodera de nosotros y no miramos a ningún lado, sino que estamos apuntando los sentidos hacia el interior, el fondo, El alma.


Lo que descubramos, ya es cosa nuestra.